Cuentos de hadas a la venezolana: Blancanieves y El Referendo Revocatorio

August 12, 2019

 

Érase una vez en un país no tan lejano, más bien caribeño y desordenado llamado Venezuela. Corría el año 2004, y el país era un torbellino. La mitad del reino amaba con todo su corazón y le reía todos los chistes al presidente Hugo Chávez, mientras que la otra mitad lo odiaba, haciendo todo lo legalmente posible por destituirlo y juraba a diario que el país no podía estar peor.

 

En esa realidad se encontraba Blanquita. Blanca Nieves Guzmán Iriarte tenía veinte años y vivía con sus siete tías, bueno no era así exactamente. La historia de Blanquita comenzó desde antes de nacer cuando sus papás se conocieron de tres años porque sus familias vivían una al lado de la otra. Como eran los tiempos de la bonanza venezolana, primos, tíos, abuelos, hermanos y compadres compraron apartamentos en el mismo edificio o en los aledaños. Así que era como la vecindad del Chavo, pero todos siendo familia.

 

No fue para nadie extraño que los padres de Blanquita se hicieran novios, al final se conocían de toda la vida y estudiaban juntos, lo que sí fue una sorpresa fue el embarazo adolescente y el abandono de su madre.

 

La madre de Blanquita era demasiado joven. Así que tan pronto la tuvo, se miró en un espejo, revisó que su belleza estaba intacta, le dio la niña a la abuela y siguió con su vida. Veinte años después la vida la había llevado a Argentina con el tercer marido y sin hijos (al menos había aprendido la lección). El padre de Blanquita sí se había quedado, la verdad es que la cuidaba bastante, se había casado con una buena mujer y tenía otros dos hijos, pero siempre pendiente de su primogénita.

 

Los primeros años de vida de Blanquita fueron con su abuela, ella fue quien le dio el nombre (Blanca como el suyo y Nieves por una prima), le hizo los teteros, la llevó al colegio, le curó las fiebres y la hizo adicta a la crema de auyama. Lo triste fue que la abuela Blanca murió cuando la protagonista era una niña, así que fue criada por sus siete tías:

 

-La tía Topacio Esmeralda, hermana de su abuela y vivía en el edificio de enfrente.

-La tía Teresa Rubí, hermana de su otra abuela y vivía a dos cuadras.

-La tía Cristal Leonela, hermana de su papá y vivía en el piso de abajo.

-La tía Juana Valentina cuñada de su papá y vivía en la quinta de la esquina.

-La tía María Mercedes, prima de su mamá y vivía en el piso de abajo.

-La tía Abigail Kassandra hermana de su mamá y vivía en el apartamento de enfrente.

-La tía Luisa Fernanda esposa de su papá (sí, aquí la madrastra no es la malvada) y vivía con ella.

 

Blanquita las adoraba, eran fastidiosas, repetitivas y metiches, pero la querían con la vida y la cuidaban como el tesoro que era (la pesadilla llegó diez años después con los grupos de WhatsApp).

 

En la casa de Blanquita no sobraba el dinero, pero todos la ayudaban para que estudiara en la universidad y tuviera una profesión. Estudiaba para ser veterinaria en una universidad pública, pese a no ser la mejor alumna, no perdía materias y le encantaban los animales, casi podía levantarse en las mañanas y cantar con los pajaritos cual película de Disney. También estudiaba inglés, ese curso se lo pagaba la tía Juana Valentina que estaba obsesionada con la importancia de un segundo idioma, la tía Abigail Kassandra quería que estudiara francés, y la tía María Mercedes que se dedicara al mandarín, pero la pobre niña sólo podía con un idioma a la vez.

 

En ese tiempo, Blanquita salía con un compañero de la universidad, pero ni de broma se atrevía a presentarlo a su familia. Lo hizo con su primer novio y terminó siendo un desastre. La mitad de las tías lo perseguía para asegurarse de que fuera un muchacho de bien, la otra mitad le daba consejo sobre mujeres, otro grupo le revisaba las notas del colegio, dos se decidieron a ser amigas de la familia del chico, y cuando terminaron, un grupo siguió en contacto con él.

 

También era la época en que la gente se conocía en chats online públicos. Funcionaban así: había páginas web con varias salas de conversación, la gente se conectaba y conversaban con extraños sobre temas varios. Cuando la charla se hacía larga, se intercambiaban los correos electrónicos y la comunicación seguía por email o por el Messenger de Hotmail, que era más privado y muy popular. El Messenger era lo máximo, solo se necesitaba un correo Hotmail, y tener los emails de los amigos. Todo se juntaba en una aplicación para la computadora, allí es donde empezaron los primeros estados, indirectas, emoticons, y hasta los zumbidos. Para llamar la atención de alguien, había que conectarse y desconectarse, cada vez que alguien entraba a la aplicación, todos los contactos se enteraban.

 

Así conoció Blanquita a James, un gringo de Boston que coincidieron en un chat sobre “El Señor de los Anillos”.  Con James chateaba a diario porque le caía bien y porque así practicaba inglés. Hablaban de todo, de las rutinas, de la familia, de la televisión, de “El Señor de los Anillos”, de amor, también en algún momento la conversa se ponía algo subida de tono y sobre todo hablaban mucho de política tanto gringa como venezolana.

 

El pobre gringo no entendía nada de lo que pasaba en la tierra de Blanquita, lo que era normal porque quitando el atentado de las Torres Gemelas y George W. Bush, en ese país no pasaba nada, mientras en Venezuela había pasado de todo (y lo que faltaba).

 

Aquel 14 de agosto de 2004, Blanquita trataba de explicarle el Referendo Revocatorio al gringo (la conversación era en inglés, por supuesto).

 

-Entonces mañana eligen al presidente.

 

-No, James, no. Ya te lo había explicado.

 

-Disculpa, pero no entiendo. Aquí solo votamos cada dos años.

 

-Mañana es el Referendo Revocatorio. Según la Constitución de 1999 cada cargo público elegido por votación popular puede enfrentar un referendo revocatorio en la mitad de su mandato.

 

-¿Cómo? ¿Ustedes han cambiado de Constitución?

 

-James, eso lo dejamos para otro día. En 1999, se cambió la constitución por idea de Chávez y entre los cambios se inventó el revocatorio. Lo que no se esperaba Chávez era que lo usáramos en su contra.

 

-¿Y cómo se pide ese revocatorio?

 

-En teoría, si se consigue las firmas del 1% de los ciudadanos inscritos en el registro electoral. Nosotros lo hicimos el año pasado, pero el Tribunal Supremo y el Consejo Nacional Electoral dijeron que no eran correctas porque el nombre y los datos estaban tipeados. Así que tuvimos que volver a firmar, pero esta vez tuvimos que escribir nuestra información con nuestro puño y letra. Las firmas fueron validadas y mañana tenemos la votación.

 

-¿Y tu cómo vas a votar?

 

-Yo voy a votar por el “Sí”.

 

-¿A favor de Chávez?

 

-No James. La pregunta dice: "¿Está usted de acuerdo con dejar sin efecto el mandato popular otorgado, mediante elecciones democráticas legítimas, al ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías como presidente de la República Bolivariana de Venezuela para el actual periodo presidencial?" Quien no quiere a Chávez va a votar por el “Sí”, los que están a favor de él, lo harán por el “No”.

 

-¿Y qué es eso de la “Lista de Tascón”?

 

-Ay James… un desgraciado que agarró los nombres de todos los que firmaron en contra de Chávez y lo está usando para quitarles sus trabajos y chantajearlos. Pero hablemos de eso otro día.

 

-También me tienes que volver a explicar por qué lo de “Abril de 2002” no fue un golpe de estado.

 

-Entonces tenemos mucho de qué hablar. Mañana te cuento cómo me va en las votaciones. Y cruza los dedos, yo creo que esta vez si lo vamos a lograr.

 

-Mucha suerte.

 

Y llegó el ansiado domingo 15 de agosto de 2004. En casa de Blanquita (cuando hablo de la casa, hablo de todas las casas de su familia) se levantaron bien temprano para ir a votar. Como ya se había hecho costumbre, a las 5:30 am los chavistas hicieron sonar la diana de guerra por todos lados. La tía Teresa Rubí era miembro de mesa, así que fue la primera en salir. El resto estaba en la fila a las 7:00 am. Esperaban estar listos tipo 9:00 am para desayunar todos juntos, pero el destino les preparó una sorpresa, bueno a ellos y toda Venezuela.

 

Con la excusa de problemas con las nuevas máquinas electorales, los millones de votantes debieron hacer colas por más de ocho horas para una actividad que debía durar cinco minutos. A Blanquita y compañía les pasó de todo: su papá fue y volvió cinco veces, la tía Luisa Fernanda no pudo votar porque tenía cuidar de los niños, la tía Topacio Esmeralda logró pasar más pronto por la edad, la tía Cristal Leonela se peleó con dos chavistas y un guardia nacional, la tía Juana Valentina tuvo un ataque de ansiedad y la tía María Mercedes les hizo galletas a todos.

 

En el medio de la espera eterna estaban los rumores. Habían de todo tipo. Los medios nacionales por ley no podían indican ningún resultado o tendencia hasta que el Centro Nacional Electoral comunicara los primeros resultados oficiales. No existían las redes sociales, así que sólo quedaba las informaciones de los canales internacionales y de cable. La gente decía de todo que si ganaba el chavismo, que si ganaba la oposición, que si Chávez había escapado, que si estaba empatados, que si los militares se iban a alzar, y mil ideas locas más solo faltaba que apareciera la Sayona.

 

Votar en el Revocatorio fue como entrar en un túnel del tiempo donde este se detenía por horas. Era estar de pie bajo el sol y lleno de incertidumbre. El tiempo pasaba tan lento como la última hora de la última clase del viernes en el colegio, o la última hora antes de salir del trabajo. Fue un poco la definición de eternidad, limbo y tormento.

 

En todo ese tiempo Blanquita se hizo amiga de la gente que estaba con ella en la cola, vio como a cinco amigos del colegio, y le dio un yeyo. Luego de más de cinco horas parada, sin desayunar y el calor del mediodía atacándola como el sol desgraciado de “Mario Bross 3”, Blanquita se sintió mareada. Para ayudarla, le dieron un jugo de manzana, y fue peor. Le cayó súper mal, vomitó y se desmayó.

 

Lo bueno de votar en un colegio es que sobran espacios donde colocar a una desmayada. Cuando Blanquita abrió los ojos, estaba en el saló de prescolar rodeada de sus tías, su papá y un tipo guapísimo. El buenote les pidió a todos que se retiraran para verla mejor y, contra todo pronóstico, le hicieron caso. Ya solos, se presentó como Alberto Reyes, estudiante de medicina que también estaba haciendo la cola para votar.

 

Le explicó que se había deshidratado y que debía irse a casa a descansar. Conversaron un rato y se intercambiaron teléfonos. A Blanquita le dio tiempo de irse a la casa, comer algo, descansar un par de horas y volver a votar.

 

Fue un día largo, muy largo, porque luego de hacer colas interminables, fueron otras tantas horas para esperar los resultados. Esas horas eran en casa y más cómodas, pero llenas de más rumores, llamadas telefónicas, la música de Globovisión, de adivinar que transmitían las caras de los anclas de los noticieros y de los políticos de ambos bandos.

Al final, casi salía el sol el lunes 16 de agosto cuando la presidenta del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena (y una de las verdaderas brujas de esta y muchas historias) anunciaron que el “No” era el ganador, y por ende, la victoria era de Chávez. Ese lunes la mitad del país celebró y la otra mitad tuvo un despecho o guayabo terrible. Eso sí, el 17 de agosto, todos seguían con su vida como si nada, así era Venezuela… la vida seguía luego de eventos inauditos.

 

Blanquita estaba muy molesta con el resultado, pero el Revocatorio le sirvió para conseguir novio, se empató con el doctor Reyes, incluso estuvieron juntos varios años hasta que la indecisión de Alberto para irse de país hizo que Blanquita tomara sus ahorros y pasaporte y se fuera al imperio. Allí se reencontró con James gracias a Facebook y se casó con el gringo (que además de ser amoroso, la ayudó con los papeles). 

 

El Dr. Reyes tuvo que irse del país, pero lo hizo ocho años después, casi sin dólares, y en autobús, en vez de un avión.

 

Ah y las tías… las menores lograron irse a los países donde tenían familia, empezando una nueva, trabajando en profesiones inimaginables, y alguna sufriendo de la xenofobia, Blanquita les manda dólares a todas. La tía Topacio Esmeralda, murió hace tres años, Blanquita no pudo despedirse. La tía Teresa Rubí, está muy enfermita de cáncer. Por mucho que Blanquita le manda dinero nunca es suficiente para su enfermedad, abrieron una cuenta de GoFundMe, todos los días conseguir las medicinas es un suplicio, rezan porque no se vaya la luz y se quedaron con las ganas de la ayuda humanitaria que está en Cúcuta. A la tía María Mercedes le mató un hijo el hampa cuando este no opuso resistencia al robarle la camioneta, a la tía Juana Valentina le invadieron la casa, así que no tiene a donde volver, y a la tía Abigail Kassandra la secuestraron cuando fue a Venezuela de vacaciones (ya vivía en otro país), después de ese susto nunca más volvió. Eso sí, todas tienen un grupo de Whatsapp que las mantienen comunicadas lo más que pueden.

 

Y la pobre Venezuela… ustedes ya saben cómo siguió esa historia.

 

 

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