La maldición de Bolívar: Luis Tascón

 

Nadie está preparado para escuchar su sentencia de muerte. Luis Tascón tenía 41 años cuando le diagnosticaron cáncer de colón. Otra persona en su lugar se habría deprimido, viajado un poco por el mundo, despedido de sus seres queridos, o llenado de esperanza con un tratamiento médico. Luis Tascón no era como todo el mundo.

 

Era un hijo de emigrantes que logró graduarse de ingeniero, ser diputado antes de los treinta años y mano derecha del presidente. Chávez siempre le agradecería su actuación en el 11 de abril de 2002. “Cuando todos me dieron la espalda, tu estabas ahí amigo”, le repitió unas cuantas veces.

 

Su fama internacional llegó cuando tuvo la maquiavélica idea de crear una lista con su nombre, “La Lista de Tascón”. Una brillantez según el mismo Chávez. Una lista que servía para conocer quién se había atrevido a firmar a favor del “Referéndum Revocatorio” en contra del presidente, una lista que servía para despedir a empleados públicos por pensar diferente, amenazar opositores y chantajear chavistas con familiares opuestos al gobierno.

 

La debacle le llegó en 2007 cuando decidió ser un disidente del chavismo para crear su propio partido político que continuaba apoyando al presidente, pero alejado de las malas decisiones de los colaboradores del gobierno. Allí supo lo desgraciados que podían ser los de su mismo color político. Por suerte, Chávez le seguía teniendo cariño, el presidente no era un hombre que olvidaba a sus soldados más leales.

 

La noticia de la enfermedad de Chávez, lo había dejado frío. De pasarle algo al presidente, Tascón se quedaría sin apoyo político ninguno, significando su total ruina. Tascón se dedicó día y noche para buscar una solución, una cura.

 

Una persona normal habría investigado tratamientos, medicinas experimentales, opiniones de doctores de países no comunistas donde sí hay una investigación médica real. Luis Tascón no era como todo el mundo.

 

Conociendo las sólidas creencias del presidente en la cultura babalao, Tascón se documentó con expertos de todos los niveles sobre el tema. Chávez era tan creyente en esta pseudo religión que incluso había viajado a África a hacerse ciertos rituales, había movido la estatua de Maria Lionza de Caracas a  Sorte para contentarla, e incluso colocado símbolos babalaos en los nuevos billetes.

 

Encontrar este tipo de expertos no era tan complicado en un país de por sí supersticioso y en un gobierno que básicamente había convertido a sus empleados públicos de cristianos a santeros. La mayoría de los altos mandos del gobierno de Chávez le rezaban a deidades nuevas porque querían congraciarse con el Presidente.  

 

Ser babalao era costoso. Había que invertir en mentores, santos, rituales y huesos de muertos. Todos elementos muy codiciados en el mercado venezolano de aquella época. Una de las recomendaciones que recibió Tascón fue la de hacer unos rituales con unos huesos de alguien poderoso. Siendo Chávez, según el exdiputado, lo mejor que le había pasado a Venezuela, los huesos tenían que ser de un presidente o un prócer.

 

Su primer pensamiento siempre fue Simón Bolívar, pero era consciente de que los restos de El Libertador que yacían en el Panteón Nacional podrían no ser reales. Bolívar había muerto en Colombia, sus restos se trasladaron veinte años después a punta de caballo, había una leyenda de que la iglesia donde reposaba en el hermano país había ardido quedando solo el corazón, y los colombianos, los ancestros de los padres de Tascón, se habían quedado con él.

 

Para que el ritual funcionara, tenían que usar otro muerto. Tascón se paseó por varias ideas, lo primero que decidió fue usar un personaje que no estuviera en el Panteón, tocar la otora iglesia haría que la prensa especulara, así que le quedaban los presidentes o próceres que estuvieran enterrados en cementerios comunes.

 

La sorpresa para el exdiputado fue saber ya muchos habían pensado en usar esos huesos y los mausoleos habían sido saqueados. Medio chavismo se había hecho rituales con los huesos de Joaquín Crespo o Ignacio Andrade.

 

Fue por esta época cuando unos dolores inusuales lo tomaron por sorpresa. En un mes supo de su cáncer. Ahora eran su vida y la de Chávez las que pendían de un hilo.

 

Sin temor a nada, pidió una audiencia con el presidente y le contó de sus investigaciones. “Señor Presidente sólo Bolívar lo puede salvar”. Tascón no le contó que él también quería usar un poco de El Libertador para su cura propia. “Yo estoy seguro de que Bolívar se sentirá honrado en ayudarlo desde el más de allá. Él siempre quiso lo mejor para su patria, y usted lo mejor para la patria”. Chávez no necesito mucha más palabrería, la idea le encantó.

 

Bajo la falsa premisa de investigar la verdadera causa de la muerte de Bolívar, Chávez le anunció al mundo que abriría su tumba en el Panteón Nacional. Lo hizo el 16 de julio en la madrugada y en cadena nacional. Tascón estuvo presente, y en cuanto tuvo una oportunidad, tomó una pieza del padre de la patria. Al día siguiente comenzaron los rituales para ambos políticos.

 

Para que el ritual hiciera efecto, Tascón programó para el lunes siguiente una cirugía necesaria para su tratamiento. Fue despertarse de la operación y sentirse un hombre nuevo. Lo había logrado, había superado a la muerte con la ayuda de El Libertador.

 

La felicidad no le duró mucho. Pese a las medicinas, no podía dormir. Era cerrar los ojos para que las pesadillas aparecieran. Al comienzo no las recordaba, pero se hicieron tan recurrentes, tan repetitivas que se las supo de memoria.

 

Cada noche Bolívar se le presentaba en sueños. Simón Bolívar viajó por medio mundo conocido a barco y a caballo, lo normal sería soñar con él teniendo como escenario los más hermosos paisajes de Suramérica, o los palacios más lujosos de Europa, pero los sueños de Tascón eran mediocres, siempre ocurrían en su casa, en su habitación. Allí se le presentaba El Libertador, muy serio, sin decir palabra, sus ojos denotaban odio. Odio dirigido a él, a Luis Tascón.

 

Los sueños siempre eran de antaño, Bolívar siempre vestido de época, canoso, con patillas y cabello largo. Si Tascón se hubiera leído “El General en su Laberinto” de Gabriel García Márquez, hubiera sabido que estaba viendo al Bolívar de 1830. El Bolívar que vivía su última aventura.

 

Agosto era el mes de Tascón, además de ser su cumpleaños, celebraba la victoria del Referéndum Revocatorio de 2004. Pero agosto de 2010, comenzó con la peor de las noticias, la operación no había tenido el efecto esperado, había que seguir luchando contra la enfermedad. Tascón le pidió a su babalao de confianza que lo hiciera todo para salvarlo. Su casa se llenó de olores, rituales, humos y huesos.

 

Nada detenía las pesadillas. Bolívar se había metido en sus sueños, en su cabeza, en su vida, sin que nada ni nadie pudiera alejarlo. Tascón comenzó a ver a Bolívar incluso cuando estaba despierto. El libertador se paseaba por su cuarto, lo observaba, escuchaba las conversaciones, ponía mala cara a todo, revisaba libros y miraba por la ventana.

 

El 12 de agosto de 2010, Tascón estaba bastante sedado. Los dolores y la inagotable presencia de Bolívar obligaron a su círculo más cercano a llenarlo de morfina. Incluso en ese estado, Tascón veía a El Libertador rondándolo, caminando alrededor de su cama.

 

Fue ese día cuando el caballo blanco apareció, entró por la puerta sin problema. El padre de la patria le dio unas palmadas y calmó a la bestia blanca. Tascón por fin se dio cuenta de que Bolívar había estado todo este tiempo a su lado para llevárselo. Con terror veía como la muerte llegaba con la figura del padre de la patria.

 

Él no quería, le pidió perdón por abrir su tumba, por usar sus huesos, pero Bolívar no lo escuchaba. Bolívar se le acercaba a paso lento pero firme. Tascón quería huir. No podía, su cuerpo no le respondía.

 

Quienes lo acompañaban en sus últimas horas, lo oyeron llamar a El Libertador, lo nombraba con miedo, con terror.

 

Tascón se fue de este mundo sin paz y lleno de miedo.

 

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