Revocatorio de Amor

 

 

La abuela de Laura solía decirle: “Aunque el amor es ciego, uno cae a primera vista”. A Laura no le convenció esta frase hasta el 15 de agosto de 2004.

 

Como toda venezolana clase media, se había graduado en la universidad, encontrado un trabajo decente, vivía con sus padres porque los alquileres estaban por los cielos, ahorraba para comprarse un apartamento, viajaba con Cadivi, buscaba marido y era opositora absoluta.

 

Laura no se perdía una marcha, incluso escapó de los disparos en la del 11 de abril de 2002, cuando los militares de sublevaron en Plaza Altamira hasta durmió en una carpa en la dichosa plaza, en el paro petrolero no compró ni pan, no se peló ninguna convocatoria opositora, y fue voluntaria de Súmate en el “Firmazo” y el “Reafirmazo”. Por ello, cuando supo que era miembro de mesa en el Referéndum Revocatorio no cabía en su alegría.

 

Si algo había conseguido el chavismo era que el venezolano se obsesionara por cuidar su voto, esto se aplicaba a ambos bandos. Antes de 1999, los venezolanos casi no iban ni a votar, para el 2004, las mesas electorales se llenaban de voluntarios que contaban los votos y se aseguraban que la información que se enviaba a Consejo Nacional Electoral fuera la correcta, la verdadera.

 

Como primer paso, Laura tuvo que asistir a un corto curso que la preparaba para cumplir su patriótico deber. Allí conoció a su equipo, entre ellos notó a un catire muy guapo que se veía como perdido con todo el proceso. Ese día no pudo más que intercambiar un saludo y conocer su nombre, Gianluca.

 

El gran día, el domingo 15 de agosto comenzó temprano. A las cinco de la mañana sonaron las dianas chavistas que se habían convertido en una tradición. Laura ya estaba despierta, vestida y desayunada. Tenía que llegar al colegio o centro electoral a las cinco y media de la mañana.

 

Su papá se ofreció a llevarla hasta el centro electoral. Sus padres irían a votar a las diez de la mañana, al llegar, la saludarían.

 

Laura estaba muy emocionada. Todos los miembros de mesa fueron tan puntuales como ella. Pronto se asignaron los roles, Laura y Gianluca eran los encargados en ayudar a los votantes a usar las nuevas captahuellas, maquinas que en teoría servirían para asegurar que una persona no votara en dos locaciones. Laura estaba encantada, tenía todo el día para conocer al catirote.

 

Los miembros de la mesa fueron los primeros en votar. Lo hicieron sin problemas. Laura votó por el “Sí” con la ilusión de lograr un cambio.

 

A las seis de la mañana abrieron las puertas del colegio. Decenas de personas ya esperaban para contestar la pregunta "¿Está usted de acuerdo con dejar sin efecto el mandato popular otorgado, mediante elecciones democráticas legítimas, al ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías como presidente de la República Bolivariana de Venezuela para el actual periodo presidencial?"

 

El sistema era sencillo. Las personas irían entrando, Laura y Gianluca los ayudarían a usar las dos captahuellas, que consistía solo en poner los pulgares. Lo primero verificar que los datos de las personas en los libros electorales. Una vez puesto los pulgares, el votante tenía que seguir a su mesa electoral dependiendo de los últimos números de su cédula de identidad. Allí esperaría su turno hasta que pudiera entrar a la mesa donde de nuevo buscarían su nombre en las listas, le pedirían firmar, le explicarían cómo usar la máquina para responder “Sí” o “No”. El votante iría en solitario a marcar su respuesta, al terminar le darían un papelito con su opción que sería insertado en una caja. Al final, podría su dedo meñique en un desengrasante y en la tinta indivisible para que no pudiera votar nuevamente (paso innecesario porque para eso eran las captahuellas).

 

Pese a sonar complicado (lo era) al tener que responder solo a una pregunta, el proceso por persona no podía durar más de diez minutos. No se esperaban largas colas.

 

El retraso comenzó temprano. A las seis y media ya había problemas. Las captahuellas no funcionaban. Por mucho que se pusieran los pulgares de mil maneras, no los procesaban. Laura y Gianluca hacían de todo, poner el pulgar, cambiar al índice, cambiar de mano, darse la vuelta apara poner el pulgar al revés, limpiar la máquina con papel, con alcohol, con agua, soplarle como si fuera un juego de nintendo americano, echarle acetona, nada funcionaba.

 

La presidenta de la mesa electoral se les acercó, ella tampoco pudo hacer mucho. Llamaron al CNE, allí supieron que esta falla ocurría en la mayoría de los centros de votación.

 

La desesperación de las fallas técnicas se juntó con las aglomeraciones de votantes. La logística estuvo planeada para que cada votante saliera del lugar en diez minutos, por ello, se optó por dejarlos entrar al colegio para esperar de pie en el patio del recreo hasta que les tocara usar las captahuellas. A las siete de la mañana el patio estaba a tope de personas de pie y con el sol de la mañana empezando a hacerlos sudar. Se tuvo que tener la entrada de personas y ponerlos hacer fila en las afuera del centro.

 

A las ocho de la mañana, ya la cola le daba la vuelta a la cuadra. Asignaron a varios voluntarios para ubicar a los votantes mayores de sesenta y cinco años para que esperaran dentro del colegio. No todos podían sentarse porque no había sillas suficientes, pero podían ponerlos en la sombrita.

 

Laura estaba histérica. Pidió que la cambiaran de posición porque le iba a dar un infarto. Gianluca la copió, aunque no se veía muy preocupado. A las once de la mañana, Laura le sugirió al muchacho salir a ver la longitud de las filas alrededor del colegio. La cola le daba vuelta a la manzana y seguía hacia los alrededores. Laura no había visto a tanta gente en su vida.

 

A las diez de la mañana, ya habían aparecido vendedores ambulantes en los alrededores. Se escuchaban los gritos de los comerciantes, “Agua. Agua bien fría para la espera”, “Los chupichupi, los resfescantes”, “El raspaito, el acaba calor”. Laura agradeció la presencia de los vendedores, ya hacía calor, las bebidas azucaradas podían evitar unos cuantos desmayos.

 

-¡Qué impresionante la cantidad de personas! No entiendo por qué no se van a sus casas- le comentó el papirruqui a Laura.

 

-¿Qué coño dices Gianluca?

 

-¿Por qué?

 

-Es que hablas como si no vivieras en este país.

 

-Me descubriste. Yo vivo en Italia. Te explico. Viví en Venezuela hasta que tuve diez años, con el divorcio mi mamá se fue a Italia. Obviamente, yo me fui con ella. Siempre paso los veranos aquí, pero desde que empecé la universidad me dio más ladilla. Este año, mi papá me jaló bola para que lo visitara.

 

-¿Y cómo eres miembro de mesa?

 

-A los dieciocho me registré para votar, nunca me cambié a Italia. Cuando llegué hace un par de semanas a casa de mi papá, revisamos mi estatus en la página del CNE. Allí vimos que era miembro de mesa. Yo ni de vaina quería venir, pero mi madrastra se puso intensa, y yo por no tener peos con ellos, acepté.

 

-¡Qué loco!

 

-Sí.

 

-Entonces no entiendes todo lo que está pasando.

 

-Sé que quieren sacar a Chávez.

 

La conversación se interrumpió porque hubo medio una trifulca en la cola entre un chavista y un opositor. Los soldados se metieron, y separaron a los belicosos.

 

Laura y Gianluca seguían en sus nuevos puestos esperando votantes para meterle los meñiques en pequeños potecitos de tinta. Conversaron todo el tiempo, era como si el mundo no existiera y hablar con Gianluca la hacía olvidar el desastre que era el referéndum. Así ella supo que él se había graduado de arquitecto, se conocía toda Europa, hacía la pasta a mano y que soñaba con conocer Asia. Laura a cada minuto le gustaba más el hombre.

 

-Laura sigo sin entender ¿Esto es una elección presidencial?

 

-No. Es un referéndum revocatorio, una vaina que se inventó Chávez en la Constitución del 99. Claro, lo hizo para dárselas de democrático, lo que no se imaginaba era que lo iban a usar en su contra.

 

-Y ¿el referéndum está establecido o cómo funciona?

 

-Se pide con la firma del uno porciento de los registrados en el Registro Electoral.

 

-Eso cuántas personas son.

 

-Más de un millón, la primera vez se recabaron más de dos millones.

 

-¿La primera vez?

 

-Sí. Luego de enviarse las firmas, el CNE se inventó que no era “firmas planas”, o sea, que no servían porque la gente firmaba en una planilla. Así que se tuvo que recolectar las firmas otra vez, ahora con la gente escribiendo a mano sus datos. Esa segunda vez fueron menos por el peo de Tascón.

 

-¿Tascón?

 

-Sí un diputado que ilegalmente tomó la información las personas que firmaron para pedir el revocatorio e hizo una lista que ahora se usa para botar a los opositores del sector público y para negarle el trabajo y préstamos a quienes están en contra de Chávez.

 

La conversación la interrumpió el papá de Laura que se les apareció de la nada.

 

-¡Papá! ¿Ya están aquí?

 

-Sí, llegamos hace como media hora, pero estamos a dos cuadras del colegio. Tuve que estacionar a diez minutos de aquí. La cola es kilométrica. ¿Qué pasa?- respondió su progenitor.

 

-Las captahuellas no funcionan. No podemos avanzar sin ellas.

 

-Estos chavistas son unos desgraciados. A ver cuántas horas no hacen estar aquí.

 

Su papá se despidió y regresó a su lugar en la fila. Laura lo vio alejarse esperando que todo se resolviera pronto.

 

A la una de la tarde el sol se ensañó con todos los votantes. El calor era agobiante. La mayoría de las personas que esperaban en el patio se habían sentado en el suelo. La presidenta de la mesa electoral dejó entrar a los vendedores ambulantes, que ahora incluían empanadas, tequeñones, sándwiches, y hasta arroz con pollo. También ya habían atendido a cuatro desmayados. Todos se recuperaban en uno de los salones de bachillerato recostados en el suelo.

 

A todas estas, Laura seguía compartiendo con Gianluca. Hablaban de todo y lo más importante, soportaban largos silencios sin incomodarse. Ya se sabía la vida uno del hombre de su vida. Laura ya se imaginaba viviendo con ese catire en algún lugar hermoso de Italia, comiendo pasta rellena y tomando vino.

 

Gianluca no era particularmente listo. Si Laura no se hubiera dejado fascinar por el cuerpazo, los ojos azules y la elegante vida europea, habría notado que el italiano solo hablaba de él, en ningún momento le preguntó a Laura por su vida, por su historia o por sus gustos.

 

El toqueteo también evolucionó, a las ocho de la mañana se habían tocado los brazos sin querer. A las diez, Gianluca le había tocado una pierna como quien quiere la cosa. A las doce, ya Laura le había tocado la cara diciéndole “no te soporto”. A la hora del almuerzo compartieron la bebida. A las tres de la tarde, ya se agarraban las manos.

 

Laura no se quedaba quieta. Para calmarse decidió ir sola a ver cómo iban sus papás. Caminó diez minutos hasta encontrarlos con un helado en la mano a tres cuadras del colegio. La cola se perdía en el horizonte.

 

-¿Cómo va la cosa adentro?- preguntó su padre.

 

-Igual.

 

-¡Qué mierda!

 

-Sí. Yo no sé que más hacer para ayudar. Eso sí, me sorprende que casi nadie se ha movido.

 

-Lógico, todos sabemos que esta tardanza es para hacernos desistir.

 

-¿Cuáles son los rumores?- preguntó Laura.

 

-En la radio dicen que todo el país está igual. Hay como tres colegios en el oeste están vacíos. De resto hasta en Santa Elena Uairén la cosa está como aquí. Me llamó tu tío, dice que en España ya dan ganador a Chávez.

 

-Pero es imposible. Nadie ha podido votar.

 

-Tu sabes como son los medios de comunicación izquierdosos en el mundo. Mira Laura, tu mamá y yo llevamos horas parados como unos idiotas. A mi me duele la espalda. Nos vamos a la casa, regresamos en un par de horas. Si esta vaina avanza, mándame un mensaje de texto o repícame.

 

-Dale, pero capaz y no puedo. Cuando esto se active va a ser una locura.

 

-Tranquila- le dio un beso en la frente.

 

Laura vio como sus padres caminaban hacia el carro. Se dio la vuelta justo para ver como una señora se desmayaba. La ayudó con un poco de agua que tenía en la mano. Le prometió a quienes la acompañaban que les avisaría a los soldados que para los ayudaran.

 

Laura regresó con su amado Gianluca que le empezó a contar sobre un viaje a Grecia. El almuerzo, una pasta de la panadería de más abajo, también llegó tarde, tipo a las tres. La cola no había avanzado un milímetro. Alguien les llevó una radio, en las noticias escucharon que el CNE había prolongado el cierre de las mesas hasta las seis de la tarde.

 

Supieron que, aunque la cola a las afueras del colegio le daba la vuelta a varias cuadras, al menos no seguía llegando la gente. Los que estaban sentados en el patio del colegio, ya casi estaban más bien acostados. Varias personas se insolaron, todas tenían hambre. En promedio llevaban siete u ocho horas esperando. El cansancio es evidente en todos los rostros, inclusos los soldados. La mayoría de los abuelos se había marchado sin votar. Siempre había un terco por la democracia.

 

Laura estaba muy estresada. No sabía como solucionarlo. Seguro le dijo un millón de veces a la presidenta de la mesa electoral, una mujer de unos cuarenta años, peliteñida, rellenita, eso sí muy bien arreglada, que se saltaran la captahuella. La mujer no lo haría hasta que el CNE no lo aprobara.

 

Gianluca seguía sin despegarse de Laura. A eso de las cuatro de la tarde, mientras le tenía agarrada de la mano, Gianluca la sorprendió.

 

-¿Te conoces este colegio?

 

-Sí claro, acuérdate de que conté que yo estudié aquí.

 

-¿Habrá algún lugar donde podamos estar solitos? Total esto no se mueve.

 

A Laura le dio un brinco en el estómago. Se iba a caer a latas con el catire. Era lo máximo. Pensaba en llevarlo a los salones de prescolar que estaban apartados y nadie los estaba usando cuando llegó la presidenta de la mesa electoral.

 

-Laura ya puedes estar contenta, nos dieron permiso de saltarnos la captahuella. Por fin la cola va a avanzar.

 

Laura casi llora, pero no tuvo ni tiempo de mirar a Gianluca porque el alboroto y la locura empezó. Durante siete horas más la mesa electoral estuvo abierta. Sin la máquina nueva, los votantes pasaban con una rapidez insólita. Laura se cansó de mojar meñiques en tinta, no terminaba de manchar a uno cuando llegaba el otro. Ella trataba de ser rápida porque le daba pena con esa gente que estuvo horas y horas parados para votar.

 

Laura no se acordó de avisarle a sus papás. Ellos igual aparecieron cuando ya había anochecido.

 

-Laurita ¿quieres que nos quedemos contigo a contar los votos?

 

-No papi, no hace falta.

 

-¿Me avisas para que te busque?

 

-Capaz alguien de aquí me lleva. Yo te aviso.

 

La mesa cerró a las once de la noche. Una vez votó la última persona, había que contar los votos. La máquina mostraba una victoria absoluta de la oposición en el colegio de Laura. Contaron los papelitos lo más rápido que pudieron dando los mismos resultados.

 

Laura estaba muy cansada, pero muy feliz. Estaba convencida de que la oposición ganaría el referéndum, Chávez se iría y además por fin estaría sola con Gianluca porque él la llevaría a su casa.

 

El trayecto a su casa no era largo, Gianluca estaba bastante callado. Laura se temía que ya no quisiera besarla. Para no quedarse en la calle y ponérselo fácil a los malandros, Laura le pidió que entraran al estacionamiento del edificio. Fue estacionarse y al italiano le salieron diez manos.

 

Los besos estuvieron muy buenos porque Gianluca era perfecto, llevaba como mil horas despierto, con la misma ropa y todavía olía rico. El hombre era un poco pasado, si por él fuera, se agarraba a Laura allí mismo en el carro. Laura también le tenía ganas, pero se hizo la decente. El plan era salir un par de veces con él antes de terminar en un hotel de tarifas de cuatro horas, lo más importante era conquistarlo antes de que se regresara a Italia para que le pidiera irse con él.

 

-Se hace tarde y estoy cansada.

 

-Tranquila. Te llamo mañana- la besó otra vez.

 

-¿Por qué estabas tan callado viniendo para acá?

 

-Es que me dio mucha arrechera todas esas horas en la mesa electoral para que perdiera Chávez.

 

-¿Cómo?- Laura no podía creer lo que escuchaba.

 

-Mi papá y madrastra trabajan en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Si pierde Chávez se quedan sin trabajo.

 

Laura literalmente le escupió en la cara.

 

-¡Qué bolas tienes! ¡Qué asco que te besé!

 

-No te pongas así.

 

-Me pongo como me de la gana. Por culpa de este gobierno mi familia lo perdió todo. A mi papá lo botaron del Seniat por la “Lista de Tascón”, a mi abuelo le expropiaron sus tierras y lo que es peor, a mi hermano lo mataron para robarle una camioneta, y ni si quiera era suya, era de su amigo. Chávez nos destruyó la vida y tu votaste por él- Laura gritaba.

 

Se bajó del carro sin decir adiós. Al menos le quedaba la satisfacción de que ganarían el referéndum. Al llegar a su casa, sus papás veían Globovisión. Los saludó, se bañó, se lavó bien esa boca, litros de Listerine navegaron por sus labios, y se comió un sándwich de jamón y queso.

 

Ya entrada la madrugada, Tibisay Lucena, la presidenta del CNE salió a dar los resultados. El chavismo ganó con su sospechoso 61% de los votos.

 

Ni Laura, ni Venezuela olvidaría ese día de agosto. La vida siguió su rumbo, ya se encargaría el gobierno en entretener al pueblo con nuevas elecciones y medidas políticas y económicas que harían que el Revocatorio sonara lejano y cansón.

 

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