Vendaval de Malandros

February 17, 2017

 

La capacidad de asombro es algo que los venezolanos hemos perdido. Cualquier historia es posible no importa lo loca que sea. Una de ellas es la que me contó mi amiga Vanessa. Vane estaba visitando algún pueblo de la cordillera de la costa. Para aquellos que no está familiarizados con estas locaciones, la mayoría de ellas ocupan unos cuantos kilómetros cuadrados, son en su mayoría casas pequeñas (incluso pobres), siempre con una plaza Bolívar en el centro , un abastos (tienda de comida), quincalla (tienda que vende de todo), una farmacia (que vende más chucherías que medicinas), una panadería, una iglesia, un hospital (que no tiene ni los equipos ni las medicinas para atender emergencias graves), una venta de empanadas, un bar-discoteca y si el pueblo tiene suerte un McDonals.

 

En general las casas son blancas o de colores claros pero siempre con aire de abandono, nunca sé si es culpa de la desidia o del salitre. El plan en este tipo de lugares es quedarse en la posada, pasar el día en la playa y en algún momento caminar por el pueblo para sentir que uno hace un poco de turismo. Vane sólo estaba de paso, ese día la idea era ir a la playa.

 

Se paró con sus amigos en un abasto o una gasolinera (la verdad es que no me acuerdo bien) a comprar unas cervezas, unas papitas y unos cigarros. Todo iba como se suponía, pero un poco antes de pagar sintieron un ruido grueso y con eco, similar al estruendo que acompaña a un terremoto, era como si la tierra iba a ser succionada, a esto se le unió una tensión en el ambiente que los foráneos no supieron descifrar. La situación se volvió aún más confusa cuando el encargado corrió a cerrar la tienda, incluso bajó la Santamaría o reja.

 

Pasados unos minutos y mientras el sonido seguía sin detenerse, el moreno costeño de rasgos duros, delgado y vestido con una camiseta y un short playero, dueño de una vida aburrida o de ensueño (según se mire), tomó con cierta normalidad todo lo que sucedía pero ante la mirada de pánico y sorpresa de Vane y sus amigos decidió explicarles qué estaba pasando. Era sencillo, el pueblo, aunque pequeño, tenía un grupo criminal bien establecido y fuerte el cual atacaba a propios y extraños. Operaban como una plaga de langostas que se come todas las cosechas a su paso. Es decir, dos docenas de muchachos (ninguno mayor de 25 años) corrían por todo el lugar como una manada robando todo lo que se encontraba en su camino, carros, tiendas, casas y transeúntes. Por supuesto quien se oponía era sacado del camino a punta de disparos.

 

La estrategia de este comerciante (y la de todos en el pueblo) era cerrar y todas las puertas y ventanas y esperar que el vendaval de malandros pasara.

 

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