• María Alejandra Ghersi

Cuentos de hadas a la venezolana: La Sirenita y las protestas del año 2017


Érase una vez en un reino contaba con miles de kilómetros de costa, tenía las mejores y más variadas playas del mundo, Venezuela era un país que si hubiera sido suficientemente listo había podido arruinar complejos turísticos como Punta Cana y la Riviera Maya.


Allí vivía Ariel Karina Martínez Salcedo. La vida Ariel no había sido fácil, primero sufrió mucho bullying en el colegio (allí se llamaba chalequeo) porque la muchacha tenía nombre de detergente. Claro, para su mamá Ariel era nombre más bonito del mundo, siempre le explicaba que se había inspirado en la canción de una banda musical antigua llamada “Yo quiero ser como Ariel”.


Unas semanas después de cumplir diez años, Ariel vivió uno de los momentos más horribles de su vida. En Venezuela la lluvia siempre hacía estragos, para las personas acomodadas significaba tráfico, ríos desbordados y alcantarillas llenas de basura, pero para los más pobres significa perder la casa que tenían mal construida en un cerro.


La familia de Ariel era clase media, vivían alquilados en un apartamento en una ciudad costera en las afueras de la capital, en el estado Vargas. La dinámica era que su papá trabajaba en Caracas, mientras que el resto de la familia hacía vida en la ciudad satélite.


La vida en la costa era perfecta para la niña, tenía más libertad que los niños de la capital porque la inseguridad era menor, todos se conocían, y no sabían lo que era el tráfico (solo en días feriados las playas se atiborraban de turistas). El lugar poseía una historia colonial muy interesante porque allí se había fundado la primera aduana del país y con el paso de los años tuvo uno de los puertos con más tráfico, y el aeropuerto más grande. Su geografía era curiosa, era muy alargado porque el espacio entre la costa y la montaña daba para poco: unos cuantas casas y edificio, por lo que el lugar creció hacia los lados. Caminar no era tan común allí, el calor y la distancia no ayudaban.


La vida en Vargas fue tranquila, calurosa, aburrida y feliz hasta un 15 de diciembre. Una lluvia que duraría días, demasiados días, y cuál diluvio en Macondo destruyó todo lo conocido. Al principio la familia pensó que no era más que un palo de agua normal. Cuando llevaba un día lloviendo, se sintieron mal por las personas que vivían en los cerros que estarían perdiendo sus viviendas antes de Navidad. Cuando llevaba dos días lloviendo, se empezaron a preocupar porque la piscina del edificio se había desbordado. Al tercer día, oyeron ruidos como truenos que salían del subsuelo y vieron como rocas tamaño de edificios y ríos de barro se llevaban por delante todo a su paso, casas, colegios, carros y edificios.


La familia no tuvo más opción que subir al techo de la edificación, allí se encontraban varios vecinos suyos. El barro golpeaba el edificio con rencor, las rocas parecían bombas atómicas, temblaba como en un sismo. Ariel a su corta edad vio como familias se despedían, lloraban y pedían perdón, como el barro se comía carros, postes, personas y grupos enteros de individuos. Su mamá la abrazaba tan fuerte que le hacía daño. Ariel miró a la muerte por primera vez a los ojos. Su madre siempre que contaba esta historia decía que “No era nuestra hora. Dios nos mandó aquella roca para salvarnos”. Así fue, una roca del tamaño de un edificio bloqueó al barro y el agua. Quizá esa misma roca provocó que otros murieran ahogados o arrastrados, pero la familia no quería pensar en ello.


Pasaron tres días en ese techo. Tres días que Ariel no quería recordar, tres días presos, sin comida, sin agua, sin baño. Saldrían de allí, de la Tragedia de Vargas, para ser damnificados. Lo habían perdido todo. De su apartamento no quedaban ni las paredes. Ariel no tenía sus fotos de bebé, o de la boda de sus papás, toda su vida era barro.


En las primeras semanas, el nuevo gobierno había prometido ayudar a los damnificados, que era cientos de miles, porque en Vargas quien no se murió, se quedó sin hogar. Los planes sonaban maravillosos, desde redes gigantes en los ríos para evitar que rocas monstruosas asesinaran a venezolanos, una renovación del estado que lo convertiría en una versión mejorada de Miami, y hogares nuevos para todas las víctimas. Nada de eso pasó, nada. Vargas quedó hundida en el barro por años. Un pueblo fantasma, un cementerio donde los varguenses regresaron años después a construir una nueva vida con sus manos sobre huesos enterrados.


Sus abuelos maternos los recibieron. Ellos vivían en otra ciudad costera en el oriente del país, así que Ariel nunca estuvo lejos del mar. Si bien el lugar era hermoso, las personas amables y su familia estaba con ella, Ariel sufría estrés postraumático, aunque nunca visitó a ningún médico para tratárselo.


La verdad es que a todos los venezolanos le habían matado a un conocido, robado, asaltado, perdido la casa, sufrido un accidente de tráfico, y cosas más terribles. Así que en un país donde todos viven estrés postraumático a diario, no había tiempo ni dinero para superar traumas.


La adaptación a la nueva vida tomó tiempo, pero las ventajas de la niñez es la rapidez con la que se pasa página. La música fue clave para superar sus traumas. Su familia la inscribió en alguna clase de canto, guitarra, violín y piano. Nunca fue profesional, pero el cantar la ayudaba a relajarse y a despejarse.


Su adolescencia fue bastante feliz, la ciudad era bastante segura, ella podía ir a cualquier sitio casi sin pedir permiso, iba a la playa cuando quería, siempre había una buena rumba, y todos se conocían.


A la hora de ir a la universidad, Ariel se fue a la capital. Otro cambio importante en su vida. Era vivir sola en una sociedad donde nadie se iba a su casa hasta que se casaba, o quizás nunca se iba. Era enfrentarse al monstruo que era Caracas, sus huecos en las calles, el tráfico inclemente, motos peligrosas, kilómetros de cerros o barrios pobres, y la inseguridad. Era el caos con todas sus letras.


La decisión de ir a Caracas se debió a que la carrera que ella quería estudiar solo se dictaba en esa ciudad. El problema de las universidades en Venezuela era que Caracas era el centro universitario, si se vivía allí, las opciones de estudios eran casi infinitas, en el resto país la historia era muy diferente. Pocas ciudades tenían más de una universidad, y muchas no tenían ninguna.


El presupuesto le dio para alquilarle una habitación a unos amigos de sus papás. En sus primeros meses en la nueva ciudad, Ariel no salía ni a comprar pan, con el tiempo aprendió cuáles eras las zonas más peligrosas, las horas de mayor riesgo para ser asaltado, las prensas que no debía ponerse nunca en la calle como el oro, plata y relojes caros y donde esconderse el celular.


La universidad se le hizo más complicada a Ariel de lo que pensaba. Le dedicaba muchas horas a sus estudios de ingeniería, aunque nunca no dejó a un lado su pasión por la música.

La suerte hizo que terminara cantando en un grupo que hacía covers de música pop, romántica, salsa y merengue. Una amiga de la universidad la escuchó cantar en una fiesta, el típico momento en que salía un pana con guitarra. Ella fue quien la convenció de ir a la audición del grupo.


El grupo cantaba en bodas y fiestas corporativas, con lo que Ariel se hacía una platica extra. Para suerte de todos, el grupo consiguió un toque semanal en un restaurante muy famoso de la ciudad, lo que significaba dinero fijo para la muchacha.


El trabajo en el restaurante resultó bien divertido. Le caía como anillo al dedo porque el viernes siempre estaba muy estresada por las clases y el cantar la ayudaba a enfrentar los fines de semanas dedicados a estudiar y repasar por horas.


Con el paso de las semanas, Ariel notó que un joven muy guapo de ojos claros y piel morena que estaba todos los viernes en el restaurante, que siempre la miraba con intensidad, pero nunca se acercaba. A Ariel le gustaba el chamo, le parecía guapo. Igual no hacía muchas ilusiones porque él siempre iba acompañado con los que parecían ser sus amigos del trabajo.

Todo cambió el día que el chamo fue solo al lugar y se ahogó. Ariel notó que su príncipe estaba sin compañía, por fin podría acercarse a él al finalizar el show. Cuando cantaba “Papachongo”, advirtió que el hombre se ponía morado y hacía señas de que no respiraba. La Tragedia de Vargas había provocado que Ariel fuera una paranoica de los primeros auxilios, por lo que no dudó en dejar la tarima para saltar hacia la mesa de su amado y ayudarlo. Ella no pudo hacer gran cosa porque el pana era algo pesado para ella poder hacer la maniobra de Heimlich, pero todo el alboroto ayudó a que un médico que estaba cenando ayudara el chamo a escupir el pedazo de carne.


El toque continuó. Una vez finalizado, el chamo se le acercó a darle las gracias. “Hola soy Eric. De pana que soy tu fan. Me encanta como cantas”. A Ariel la cara se le puso tan roja como su cabello teñido de Clairol Rojo 565. La conversación no llevó a mucho más, sólo a un “nos vemos el viernes que viene”.


Ese viernes nunca llegó.


Desde hacía semanas había protestas en todo el país. Las razones para manifestar eran infinitas: hambre, libertad, cansancio, inflación, usurpación de poderes, escasez. La principal causa de las protestas ese año fue la eliminación de la Asamblea Nacional por parte del Tribunal Supremo de Justicia por el simple hecho de que desde hacía unos meses esta era mayoritariamente opositor (no leíste mal, eso pasó. Se intentó eliminar el Congreso).


Ariel protestaba por todo y porque el gobierno nunca recuperó su estado Vargas. La inseguridad también la atormentaba. Hacía no mucho un amigo había sido víctima de un secuestro exprés. Ella se pasaba todo el tiempo con miedo de qué la asaltaran, o peor que le pasara algo malo a un ser querido, porque todos los días había un cuento nuevo donde un primo de alguien se había muerto a balazos.


Ariel iba a todas las marchas que podía pese a que siempre había el riesgo de que le dispararan, le pegaran con bombas lacrimógenas, perdigones o rolos, e incluso de ir presa. Venezuela estaba tan mal que protestar valía la pena.


Fue un año muy duro. En cuanto salieron las primeras personas a las calles, el gobierno mandó a las fuerzas de seguridad a acabar con cualquier intento de manifestación. Hubo un punto que era casi impensable que las marchas no terminarían en sangre, había días que eran tres o cuatro los agredidos, todos jóvenes, todos inocentes, porque por mucho que el gobierno quisiera decir que eran violentos, un niño con una bandera no podía agredir a un uniformado armado.


Ariel no le contaba a su familia que iba a las marchas. Sabía que les preocuparía mucho. De nuevo la paranoia de Ariel de los primeros auxilios se hizo presente. A cada marcha llevaba un morral con pañuelos, vinagre para las bombas lacrimógenas, agua potable, barras energéticas, vendajes, mertiolate, alcohol y una bandera de Venezuela.


Ese el lunes la marcha era desde la Plaza Brión en Chacaito a Parque Cristal, ambos puntos al este de la ciudad porque ir al centro o al oeste estaba prohibido, la muerte era segura en esas zonas, el Gobierno lo dejó muy claro en abril de 2002.


La Plaza Brión de Chacaito era una plaza muy particular. Era bastante amplia, no tenía casi bancos, ni árboles, la gente no la usaba ni para hablar, pasear o correr. En realidad, se podía caminar por allí y no darse cuenta de que era una plaza aunque era muy transitada porque era el comienzo (o el final, depende de cómo se viera) de un importante bulevar que lo conformaban kilómetros de tiendas de ropa, zapatos, librerías, farmacias, pero sobre todo zapatos, también dependiendo del año que fuera, podría haber muchos vendedores ambulantes.


La marcha comenzó con una tarima donde los políticos nuevos y viejos decían las mismas frases de siempre. Como dos horas después empezó la caminata, el sol del mediodía picaba en los ojos. Había asistido con unos compañeros universidad. Andaban a buen ritmo cantando las letras de costumbre, “Color Esperanza”, “Yo Me Quedo En Venezuela”, “Alma Llanera” y “Este Gobierno Va a Caer”.


Como medida de precaución todos en el grupo revisaban Twitter en todo momento, la censura en los medios de comunicación nacionales estaba normalizada, la única forma de saber qué pasaba era seguir a medios digitales y periodistas por la red social. Allí supieron que había un grupo de Guardias Nacionales atacando con bombas lacrimógenas cerca de donde ellos se encontraban. Cuando el grupo estaba decidiendo si seguir o no en la marcha, la confusión llegó. Sin entender por qué, todos comenzaron a correr hacia las calles aledañas, pronto sintieron el picor de las lacrimógenas en los ojos. Iban sin rumbo, querían alejarse de los militares quienes mataban estudiantes sin piedad.


En el ajetreo terminaron emboscados por los militares quienes los detuvieron sin explicación alguna y los obligaron a punta de pistola a subirse un camión. Ariel sabía lo que seguía, estaba presa.


En el camino Ariel iba pálida, no luchaba o hablaba, casi no parpadeaba. Ella creía que sabía exactamente lo que iba a pasar porque no era la primera (ni sería la última) presa política en Venezuela, pero en realidad cualquier pensamiento que tuvo no se acercó ni un poquito a la pesadilla que venía. Ariel estuvo presa un año dos meses cuatro días y cinco horas.


Durante casi todo ese tiempo estuvo en una cárcel que no era un centro penitenciario normal donde los verdaderos delincuentes estaban presos y que en el caso venezolano eran dueños del lugar con fiestas y orgías. Estuvo encerrada en un edificio a medio hacer, las leyendas urbanas decían que la dictadura lo había diseñado para ser un centro comercial, los cincuenta años de democracia siguientes lo convirtieron en la sede de la policía política. Ni siquiera intentaron terminarlo, era un edificio a medio hacer una montaña.


Ariel perdió la noción de realidad y del tiempo. Sintió que estuvo encerrada veinte años, su cabello dejó de tener color y se volvió pajizo, perdió veintitrés kilos y su piel tomó un tono cenizo.


Su familia tuvo que mudarse a la capital para poder hacerle seguimiento al caso de su hija. Cada semana intentaron visitarla, solo la pudieron ver un par de veces, lo que no impidió que sus padres fueran a cuanto medio de comunicación social encontraron, hicieran campañas en redes sociales y planearan giras internacionales.


Las pocas veces que su familia logró verla, Ariel les decía que estaba bien, aunque su aspecto demacrado y mirada perdida lo negaba. A Ariel le molestaba un poco que su madre agradeciera tenerla viva, siempre le contaba como ese lunes había sido una masacre, habían matado a cinco jóvenes y herido a unos quince, incluso habían atropellado a una muchacha con una tanque, pero Ariel muchas veces soñaba con estar muerta.


También recibía la visita de representantes del Foro Penal, una organización no gubernamental dedicada a ayudar y representar legalmente a los presos políticos. En los primeros encuentros, Ariel callaba todo lo que vivía porque tenía mucho miedo. El miedo silenciaba muchas bocas en ese país.


Pasados cuatro meses Ariel decidió hablar. Estaba desesperada, quizás si hablaba alguien la ayudaría a salir de ese infierno o a matarse. No sería la primera vez que los carceleros se les iba la mano cuando alguien hablaba de más.


Fue una mañana de octubre, estaban sus padres y dos abogados del Foro Penal.


-Ariel, voy a repetir la pregunta que te hago cada vez que te vemos- dijo la abogada- ¿Has recibido algún tipo de abuso físico o sexual en este recinto?


-Sí- respondió Ariel. Ambos padres comenzaron a llorar.


-Puedes detallarnos un poco qué ha pasado.


Ariel no podía hablar. Lloraba a cántaros, ese tipo de llanto que te impide hablar.


-¿Te han golpeado con sus manos u otros objetos?


Ariel asintió con la cabeza.


-¿Dónde?


La chica señaló su pecho, espalda, brazos y piernas, todo lo que ella cubría con su ropa.


-Ariel necesito que me cuentes. Respira hondo, tómate el tiempo que necesites.


Entre llanto, pausas y ahogos Ariel pudo contar que le escupieron, le pegaron con palos, le llenaron el hermoso y rojo cabello de heces, le lanzaron baldes de orina, comía alimentos podridos, no le daban ni agua para beber y por supuesto la violaron innumerables veces, todas con violencia, maltratando, dañando, haciendo sufrir con saña.


-¿Podrías señalar a los culpables?


-Son todos. Quienes no me han pegado o abusado, callan lo que pasa- Ariel quería contarles las muchas veces había pensado en suicidarse, pero no quería que sus papás sufrieran más.


La visita terminó. Ariel volvió a su infierno. Los días siguientes fueron normales, torturas, golpes, amenazas y hambre. Ariel nunca supo cuánto tiempo pasó entre la visita cuando contó un poco de lo que sufría a diario en la cárcel y el día que los guardias tomaron represalias.


La sacaron de su celda, la bajaron varios niveles a un lugar oscuro y maloliente. Ariel no pudo distinguir si tenía paredes de piedra o cemento, o si el piso era del baldosa o granito. Todo era oscuridad. Sólo pudo oír las voces.


-¿Te crees muy arrecha carajita?- dijo un hombre mientras ella sentía un puñetazo.


-Por mucho que tus papás anden por ahí contando que te maltratamos, no te van a soltar- dijo una voz femenina.


-Nos vamos a asegurar de que no puedas sapearnos más nunca- dijo otro hombre.


Ariel pensó que la matarían. La comenzaron a golpear con más dureza que nunca con palos, patadas y puños. Incluso, perdió la consciencia. Cuando volvió en sí, estaba atada. Alguien dio la voz de que había despertado, las últimas palabras que escuchó antes de desmayarse de nuevo fueron: “Quiero que recuerdes bien este momento”. Lo siguiente fue un dolor indescriptible en su boca, sintió mucho calor en sus labios, garganta y cuello. Era la segunda vez que miraba a la muerte a los ojos.


Ariel despertó en la cama de un hospital. No sabía dónde estaba, pero notó que estaba custodiada y sin su familia. Trató de llamar a un doctor, pero no pudo. Tenía como unas vendas dentro de su boca, intentó quitárselas. Un enfermero apareció para detenerla.


-No te toques la boca. Casi te mueres desangrada, si te quitas el vendaje, la herida no va a curar bien. Fueron como cuatro horas de quirófano para cerrarte esa boca.


Ariel estuvo hospitalizada mes y medio desde el momento en que despertó. Allí podía contar los días porque podía ver el sol, en su celda la oscuridad no le permitía entender el paso del tiempo.


En su estancia, ningún doctor le habló o le explicó que pasaba. Tampoco tuvo visitas. Se preguntaba si alguien sabía que estaba en el hospital. Meses después su propia familia le contaría las horribles horas que pasaron cuando se enteraron que la habían trasladado al Hospital Militar. No les explicaron qué pasaba o cuales eran sus condiciones de salud. Los primeros dos días dudaron si estaba viva.


Le juraron que habían hecho de todo para poder verla. Incluso, postrarse enfrente del hospital por días. Hubo quienes los acompañaron en la vigilia. Nada dio resultado. No les avisaron cuando Ariel volvió a la “cárcel”. Lo descubrieron a los tres días, tampoco los dejaron verla hasta que ella salió en libertad. Su madre siempre diría que estaba muy arrepentida de haber ido a los medios para denunciar lo que su hija le había contado. “Debimos quedarnos callados”.


Pese a no poder comer nada sólido, esos días en el centro sanitario la ayudaron a reponerse. Entre el suero, las sopas y algún que otro baño, Ariel pudo recuperar algo de peso.


Fue cuando le quitaron el vendaje que entendió lo que le pasaba. Le cortaron la lengua.


Ariel volvió al recinto. El trato cambió. No la golpearon más, ni torturaron, la movieron a una celda más limpia e iluminada, hasta podía comer una vez al día. Los nuevos aires no mejoraron su ánimo, en realidad empeoró. Ahora era muda, no podía hablar, ni mucho menos cantar. Su cara quedó un poco desfigurada a la altura de la boca, claro, el hecho de carecer de “la sin hueso” hacía que nadie lo notara. Comer también fue un suplicio, cada bocado era un arma mortal porque sin la lengua se podía ahogar incluso con una miga de pan.


El día que la liberaron fue muy precipitado. Generalmente a los presos políticos que liberaban, los dejaban de golpear unas semanas antes de su salida para que en las fotos no se notaran las torturas. Eso siempre ayudaba a suponer quien sería el siguiente en abandonar el infierno. En el caso de Ariel era difícil saberlo porque hacía meses que no la tocaban.


Fue cuando la obligaron a bañarse y le dieron ropa nueva que supo que saldría de allí. Su familia y abogados la esperaban. Su madre no la soltó hasta el día siguiente. Fue en ese momento en que conocieron las noticias sobre el corte de lengua, días después cuando el Foro Penal lo denunció como prueba de tortura, el gobierno dijo que Ariel se había mordido a sí misma.


Estar en la casa que sus padres habían vivido en la capital por más de un año fue extraño, era estar en casa, pero en otra casa, era como un sueño raro. Las primeras semanas el hogar se llenó de visitas, pudo ver en todos esos rostros mucha lástima por ella, al punto que pidió no recibir a nadie más.


Mientras estuvo presa, no tuvo casi oportunidades de comunicarse con nadie. Estuvo encerrada sola por meses y a los carceleros no quería ni mirarlos. Ya en casa todo fue diferente. La familia tuvo que adaptarse a su mudez, en las primeras semanas sobrevivieron a punta de textos y señas universales como apuntar todo con el índice, hasta que decidieron tomar todos clases de lenguaje de señas.


El no poder gritar le sirvió a la hora de tener pesadillas cada noche sin despertar a nadie. Ariel pasó el resto de su vida sin poder dormir una noche completa.


La decisión familiar fue dejar la capital. Ariel no sabia qué hacer con su destino, la universidad dejó de ser una prioridad. Antes de regresar a su vida junto el mar, sus amigos del grupo musical le pidieron que fuera a un toque.


Ariel se encontró nuevamente un viernes en el restaurante donde cantaba. Allí parecía que todo estaba igual, la vida había seguido su curso, eran los mismos clientes comiendo sonrientes, cantando, bailando música alegre. El mundo se había olvidado de ella, o peor, demostró que ella no era imprescindible.


Al salir a escena, le dedicaron la noche. Contaron que fue una presa política. El publico la aplaudió, la mayoría como efecto rebote.


Cuando se marchaba, Eric se le acercó. Ella lo había visto acompañado una mujer muy linda que resultó ser, Úrsula, la nueva cantante del grupo. El chamo se sorprendió de que la pelirroja no pudiera hablar. “Lamento mucho lo que te pasó. Estaba muy preocupado por ti. No le digas a Úrsula, pero me gustabas mucho. Venía cada viernes sólo para verte cantar. Creo que tengo un fetiche con las voces”.


Ariel sonrío, le dio un beso en la mejilla y se fue al carro donde su papá la esperaba. Camino a casa intentó imagina cómo hubiera sido su vida sin aquel lunes fatídico no hubiera ocurrido ¿Habría terminado siendo la novia de Eric? ¿Se habrían casado? ¿Habrían sido felices para siempre? Nunca lo sabría porque era incapaz de pensar en su vida anterior. Ella había dejado de ser aquella Ariel feliz y llena de ilusiones, ahora era un ser mudo, triste e insomne que por fin iba al psicólogo.


El mundo pronto se olvidó de Ariel. Una vez liberados, los presos políticos dejaban de ser noticia porque siempre había un nuevo peso político, o peor un nuevo asesinado.

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