Hambrientos

El Jason siempre dice “Carolina” en sus últimos movimientos antes de acabar dentro de mi boca. No puedo dejar de pensar: ¿Quién es Carolina? Su esposa de llama Raiza y yo soy Diliana. No importa, su sabor es horrible, me lo trago todo porque a él le gusta y porque prefiero eso a que acabe dentro de mi y terminar embarazada. No quiero otro niño y mucho menos un hijo suyo.

 

Sé que suena raro pero cuando El Jason juega con mi boca me quedo fijamente mirando la foto mis hijos. Es una foto particular de nosotros cuatro, creo que la tomamos hace tres años. Estamos en la playa y sonreímos, sonreímos como no lo hacemos hace muchos años. Estoy usando un hermoso vestido de Raizaes, luzco un poco pasada de peso pero mis curvas son espectaculares. Daniel se ve sano con unos cachetes redondos como para comerlos, David es un gordito de tres años que no mira a la cámara porque está jugando con la arena y Diego es sólo un bebé en mis brazos. Esa foto me recuerda por qué dejo que El Jason me coja.

 

Hace tres años, comíamos tanto como quisiéramos, es una oración extraña, todos damos por seguro que comeremos tres veces por día, es algo en lo que no pensamos, es parte de la rutina. Nuestra vida cambió para siempre, hoy en Venezuela comemos si tenemos suerte.

 

           

Recuerdo cuando decidí que mis hijos debían saltarse una comida. Era un lunes en la tarde después que fui al mercado y estaba vacío, no había comida que comprar. Luego fui a los bachaqueros que son unos estafadores que venden los alimentos en la calle, cual mercado persa, a precios insólitos. Ese día simplemente compré comida para tres días por el mismo monto que un año antes compraba para una semana. Así que decidí que mis niños se saltarían la cena, lo único que tomaron esa noche fue leche o jugo mezclado con agua.

 

Daniel entendía lo que pasaba, él oía todos los días en la escuela como otros niños hablaban de la crisis que vivíamos y como la gente se estaba muriendo por falta de comida y medicinas. Sólo tiene ocho años y habla como un adulto. Con David fue diferente, se quejaba todos los días que tenía hambre, siempre pedía más comida o preguntaba por qué habíamos dejado de comer carne, pan, arroz, caraotas o chocolate. Nunca tuve una buena respuesta. Diego era muy pequeño para notar que algo pasaba, él solamente trataba de robarse la comida de sus hermanos.

 

En aquel tiempo, yo ya comía solo una vez al día. Por supuesto, yo fui la primera en saltarse las comidas, como consuelo interno me decía que de esta manera tendría la figura que siempre quise, por fin sería tan flaca como había soñado.

 

Pero el problema fue creciendo, dos meses después con la misma cantidad de dinero que compré para tres días, ahora sólo me daba para dos. La falta de comida comenzó a afectar a mis hijos. Ya no tenían unos cachetes redondos ni color en sus rostros, su piel estaba pálida y sin brillo, parecía que habían parado de crecer, podían usar la misma ropa por meses. Sus calificaciones empezaron a bajar y ya no tenían energía para jugar o estudiar, solo querían dormir. Yo estaba aún peor, era sólo la sombre de la mujer que solía ser. El vestido que usaba en la foto es ahora para mi una carpa de circo, mis huesos se marcan fácilmente en la piel, piel pálida, seca y sin brillo, mi cabello está seco y me puedo retirar mechones enteros con solo una peinada. Me veo diez años mayor de lo que soy.

             

Desesperación es la mejor palabra para describir nuestra situación porque no hay opciones o soluciones posibles. Simplemente no hay comida en ninguna parte, nuestra familia, amigos y vecinos están muriendo de hambre como nosotros. No había una luz al final del túnel hasta que El Jason tocó un día mi puerta.        

 

Él ha vivido en la casa de al lado los últimos diez años. Yo nunca había tenido ningún tipo de relación con él más allá de un saludo cordial cuando su esposa, Raiza, me invitaba a tomar alguna cerveza en su casa. El Jason tocó mi puerta y me enseñó unas piezas de carne que estaba vendiendo. Me dijo que era carne de caballo, pero que tenía buen sabor y el mismo valor nutricional que la carne regular. Mi primer pensamiento que sobre que asqueroso era comer carne de caballo pero en seguida vi la foto en la playa y recordé que mi familia no había comido carne en semanas.

           

-Diliana, mamita, es pura proteína. Créeme es carne buena y está fresca ¿Por qué no me compras?

-Lo cierto es que mis niños necesitan proteína. ¿En cuánto me sale el kilo?

 

Su respuesta fue un monto absurdo de dinero, para hacerlo internacional diremos que a diez dólares el kilo.

 

-El Jason, yo no puedo pagar ese monto. No tengo dinero

 

Se me quedo mirando de arriba abajo por unos minutos. Sentía como me buceaba y estaba incómoda. No esperaba este comportamiento de su parte. Paradójicamente, me sentía como un pedazo de carne. No me gustaba esa actitud conmigo.

 

-Entonces El Jason, gracias por la oferta pero no puedo.

-¿Estas segura? Podríamos llegar a un arreglo.

-Gracias otra vez, pero no tengo dinero y pasarían años antes de poder pagarte. No quiero tener problemas contigo.

-No es dinero lo que busco, mamita.

-¿A qué te refieres?

-Diliana, tu estás buena. Siempre te buceo en el mercado cuando usas esos jeans apretaditos y esas faldas corticas. Yo sé que necesitas a un macho como yo.

-Eres un asqueroso. Vete de mi casa o tendré que hablar con tu esposa.

 

Abrí la puerta de la casa para que él se fuera pero el tomó mi barbilla, aunque en realidad medio me estaba estrangulando con la mano derecha y con la izquierda me empezó a tocar un seno. Traté de detenerlo pero él era mucho más fuerte que yo.

 

-Mamita, tus muchachos se están muriendo de hambre, se les ve la marca de la pelona en la frente. Yo te estoy dando un buen chance.

 

Él bajó mi cabeza a la altura de su pantalón y simplemente empecé.

 

Cuando terminó puso el kilo de carne en la mesa y me dijo: “Necesitas practicas más mamita, pero yo te voy a ayudar.” Estuve llorando por una semana. Traté de no encontrarme con Raiza porque era incapaz de mirarla a la cara. Tomé la decisión de no volver a hacer algo así. No era una prostituta y mucho menos una prostituta barata.

 

Llorando o no, mis hijos disfrutaron de la carne. Pude preparar tres cenas con ella: arepas, empanadas y guiso. La carne era oscura, algo dura y sabía más metalizada que la regular pero mis niños estaban tan contentos que incluso tenía color en la cara de nuevo y querían salir a jugar. Era tan diferente su actitud comiendo carne que no comiendo que la siguiente vez que El Jason tocó la puerta, simplemente la abrí.

 

Los siguientes tres meses El Jason fue a mi casa una vez por semana. Teníamos una especie de rutina aunque a veces él quería más que mi boca. Yo lo dejaba hacer lo que quisiera, la foto de mis hijos estaba allí para recordarme por qué estaba abriendo mi boca y mis piernas.

 

En ese tiempo siempre intenté aparentar normalidad en frente de Raiza, pero por dentro me sentía muy mal. Era terrible lo que su esposo y yo estábamos haciendo. Un día, ella llegó a la casa y se veía muy afectada. Pensé que había descubierto la poco convencional relación que tenía con su marido, pero adivina qué, lo que tenía que decirme era peor.

 

-Diliana, acabo de descubrir algo horrible sobre El Jason.

 

Me puse pálida, estaba esperando que me diera una cachetada por tirarme a su marido.

 

- Tu sabes que él ha estado vendiendo carne de caballo, es más, me dijo que tu eres una de sus clientes.

-Sí, le compro una vez por semana.

-Me siento horrible Diliana, pero tengo que decirte la verdad. No es carne de caballo, descubrí que El Jason ha estado matando gatos y perros. Empezó con los callejeros, pero no era el único que lo hacía con esta hambruna. Como los callejeros se le acabaron, empezó a robarse las mascotas. Lo sé porque Jorge, el hermano de Amparo que vive en la casa roja, vino el otro día diciendo que El Jason había matado a su perro, un Golden retriever.  

 

Me quedé muda. Palidecí del mareo. Ese hijo de puta había estado cogiéndome a cambio de carne de perro. Y lo que es peor, mis hijos se la habían estado comiendo. En cuanto Raiza se fue, boté toda la carne que quedaba en la nevera. Solo quería que El Jason tocara otra vez mi puerta para darle su merecido, pero no se volvió a aparecer. Seguro Raiza le dijo que yo ya sabía.

 

Nuestras vidas volvieron a la rutina del cansancio, palidez y hambruna de no tener ningún tipo de proteína cuando un suceso cambió mi vida. Mi ahijada Dilimar murió. Ella sólo tenía catorce meses y murió de hambre. Mi comadre no había comido por semanas porque le daba toda su comida a la niña pero eso no fue suficiente. Dilimar era alérgica a muchos ingredientes y era imposible conseguir el tipo de comida que ella necesitaba.

 

Su muerte fue una tragedia. Yo no hacía sino pensar qué de malo podría haber hecha una bebé que apenas caminaba para morirse así. Ver su cuerpecito sin vida es uno de los peores momentos que he vivido. Parecía que había muerto semanas antes, no tenía color y casi ni tenía piel. Era una pila de huesos. Su madre era otra calavera, estaba viva pero por dentro estaba tan muerta como su hija.

 

Entré en pánico, mis hijos podrían tener el mismo destino que Dilimar, así que decidí abrirle la puerta otra vez a El Jason, él tenía algo de razón, mis hijos necesitaban carne y no importaba si fuera perro, gato o caballo. Sin embargo, El Jason seguía sin aparecer.

 

Anoche, escuche unos ruidos diferentes afuera de la casa. Normalmente hay tiroteos fuera pero este era diferente. Era como lento y pausado. Yo no miro nunca por la ventana, es mejor no saber qué pasa afuera, además me dan miedo las balas perdidas, esas han matado a suficiente gente que conocí. Como siempre, le pedí a los niños que se escondieran debajo de sus camas.

 

Generalmente cuando matan o roban a alguien frente a la casa, los malandros se mueven rápido, no porque la policía vaya a llegar sino por si llegan malandros más peligrosos, pero anoche la cosa fue diferente, no hubo prisas. Me atreví a asomarme por la ventana, eso sí con mucho cuidado de que no vieran.

 Allí estaba El Jason con dos tipos más estaban atacando a un señor que estaba o muerto o muy herido para moverse. Esperaba que El Jason y sus amigos huyeran pronto pero no lo hicieron. Eso era muy raro.

 

Cuando me fijé, estaban cortando al muerto en pedazos. Vi como uno de los hombres le cortaba una pierna y la metía en una bolsa de plástico. Había sangre en todas partes, en el suelo, en la pared de la casa de enfrente, incluso ellos estaban llenos de sangre. Parecía una película de terror. No pude ver más porque empecé a vomitar.

 

Hoy El Jason tocó de nuevo mi puerta y me ofreció una nueva carne que está vendiendo. Yo simplemente abrí mi boca.         

 

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