Un cuento de Navidad venezolano

December 13, 2018

 

Érase una vez en un reino lejano, un país generoso que le da oportunidades a sus emigrantes. En ese reino vivía Jonathan, un joven venezolano (vamos a decir que la gente de treinta y pico casi cuarenta son jóvenes). Jonathan estaba sentado en su oficina (la puedes imaginar en Santiago, Lima, Madrid, Panamá, Quito, Nueva York, incluso Tokio), es un espacio grande con una gran ventana, decorado con los muebles más caros y una Mac Pro.

 

Jonathan se distrae por unos minutos de su trabajo. La época navideña lo pone melancólico. Pronto comienza a reflexionar sobre su vida, sobre lo difícil que fueron los primeros años fuera de Venezuela, incluso los últimos en ella, lo bien que le ha ido gracias a trabajo duro y a la constancia. Venezuela, esa palabra le duele, trata en no pensar en el país que lo vio nacer. Cuando le preguntan en la calle de dónde es, dice “venezolano” casi con timidez.

 

Recibe una alerta de GoFoundMe en el celular sobre un grupo de venezolanos que necesitan ayuda. Él simplemente la ignora. Pasa mucho de su tiempo tratando en no pensar en Venezuela y menos en diciembre. Jonathan evade a Venezuela de su vida y trata de ocultarla como se oculta a un “peor es nada” feo.

 

Esta Navidad la va a pasar con su novia y la familia de ella. La verdad es que Jonathan quisiera pasar la con su familia, pero el trabajo no se lo permite. En su nuevo país en diciembre se trabaja, además de ser posible el viaje sólo podría ver a un miembro de su familia pues todos están dispersos por el mundo. De nuevo, Jonathan cambia el rumbo de sus pensamientos. Él no se permite sentirse débil, Venezuela es una etapa superada y no quiere saber más sobre eso.

 

Trata de concentrarse en el trabajo, pero de pronto algo lo sorprende. Algo se mueve al otro lado de su ventana, algo que es imposible porque él trabaja en un piso veinte. Posa su vista con mayor atención en la ventana, y allí está su abuela. La misma que falleció hace un año. Se frota los ojos y la abuela no está más (lo que es lógico).

 

Luego de este encuentro cercano, Jonathan no logra concentrarse más pese a todo el café que se tomó e incluso una manzanilla. Más tarde en su apartamento la cosa empeora. La abuela no sólo aparece en la ventana, se instala en la sala. Jonathan está entre sorprendido y asustado, es su abuela muerta y el pana no se ha fumado ni bebido nada raro. Luego de unos minutos logra habla con ella.

 

“Abuela ¿Qué haces aquí?”

 

“Soy la mensajera. Vengo aquí para advertirte.”

 

“¿Me voy a morir?”

 

“No, mi niño. No aún. Vine para decirte que te quiero con todo mi corazón, y para advertirte que te visitaran tres fantasmas.”

 

Jonathan trata de tocarla, pero no puede. Es un holograma. Sólo puede contemplarla.

 

“Abuela, te pido perdón porque no estuve contigo cuanto te fuiste.”

 

“Mi niño no te preocupes. Yo lo entiendo. Yo te aconsejé que te fueras de Venezuela, sabía que eso podía pasar.”

 

“Te quiero mucho. Y te extraño más.”

 

“Yo no te extraño, te puedo ver siempre que quiera. Es una de las ventajas de ser un fantasma. Algunas noches tengo que asustar a los niños de una casa en Los Palos Grandes, pero el resto del día estoy libre.”

 

“Tu no podrías asustar a nadie ni siendo fantasma. Seguro les lees cuentos y todo. Lo que no entendí es lo de los tres fantasmas que mencionaste.”

 

“Allá arriba no están muy contentos con tu actitud. Estás negando a Venezuela de tu vida y eso no puede ser.”

 

“No la niego. Yo a todos les digo que soy venezolano.”

 

“No es eso. Actúas como si te avergonzara.”

 

“Es que me avergüenza. Casi a diario tengo que explicar cómo uno de los países más ricos de Sur América se está muriendo de hambre, tengo que justificar cómo Maduro es nuestro presidente. Estoy cansado, somos el hazme reír del mundo.”

 

“¿En serio hablas así del país que recibió a tus abuelos? ¿Qué les dio una oportunidad?”

 

“Hablo así del país que los dejó a ustedes morirse solos.”

 

“Si tuviera que vivir de nuevo, volvería a Venezuela. Me dio lo que más quiero en esta vida.”

 

“Abuela, ¿podemos hablar de otra cosa?”

 

“No, porque también tienes que pensar en los muchos venezolanos que necesitan tu ayuda. Y no hablo de dinero solamente. Tus amigos y familia necesitan saber que también sientes nostalgia, que nos es fácil para nadie. Y sí, si tienes algo de dinero puedes usarlo en ayudar.”

 

“Estoy tratando de retomar mi vida. No puedo pasarme el tiempo con la cabeza allá cuando estoy acá.”

 

“Jonathan José Márquez, tu sabes lo que te estoy diciendo. No te hagas el pendejo.”

 

“¡Abuela!”

 

“No vine a pelearme. Vine a verte, a decirte que estoy bien, que te quiero, te cuido y que vienen tres fantasmas más.”

 

Y así se como vino se fue. Jonathan en este punto estaba llorando. Cuando se recuperó un poco, tomó una ducha, una manzanilla e intentó dormir. Trató de convencerse que de que había tenido una alucinación provocada por la depresión y la nueva medicina que la psicóloga le había dado.

 

Cuando se disponía a ver alguna película en Netflix, apareció el primer fantasma prometido. Era Popy, sí el payaso que Jonathan veía en las mañanas, el mismo con su sombrero redondo, pequeño y rojo, su pelo a lo Niña Bonita de 1960. El mismo que cantaba “El Telefonito” y “Carolina.” No fue hasta que lo vio, que Jonathan supo cuando había extrañado a ese payaso.

 

“¡Popy!”

 

“Wepa Jonathan. Hoy además soy el fantasma de las Navidades pasadas.”

 

“¿Navidades pasadas?”

 

“Sí, esa es mi misión, llevarte al pasado.”

 

“¿Cómo en las películas?”

 

“Sí.”

 

“¿Puedes cantarme algo primero?”

 

“No.”

 

Y así como por arte de magia (bueno, algo así estaba pasando), Jonathan viajó en el tiempo y fue a diciembre de 1998. Popy le explicó: “Tu puedes verlos, pero ellos no pueden verte ni escucharte.”

 

Estaba en el apartamento de sus abuelos, allí pasaba las tardes después del colegio mientras sus papás trabajaban. Se vio a si mismo en el cuarto de los abuelos con su uniforme de bachillerato estudiando para algún examen. Se acordó lo feliz que era su vida en esos años, sólo se preocupaba por el colegio, la televisión, beber a escondidas, y tratar de tener novia.

 

Caminó hacia la sala y allí estaban su abuela (veinte años más joven que su fantasma), su abuelo y su tío Enrique. Estaba viendo la televisión, sintonizaban Radio Caracas Televisión (RCTV), justo en ese momento pasaban la cuña navideña.

 

En la cuña de Navidad de RCTV de ese año los artistas viajaban por las diferentes regiones del país al ritmo de una canción que decía “Esta tierra es grande, que viva su gente.” Allí estaba Roxana Díaz antes del video, Nene Quintana antes de ser chavista, Amanda Gutiérrez antes de las cirugías, Winston antes de ser un enchufado, Amalia Pérez Díaz y Tomás Henríquez estaban vivos y Kiara, Nelson Bustamante y Camila Canabal están igualitos.

 

Lo siguiente que vino fue una propaganda de Henrique Salas Römer, una que tenía un rap: “Empezó Salas Römer, Salas Römer empezó,” Jonathan sonrió. Se acordaba de esa canción, la cantó varias veces en el colegio burlándose. La siguiente propaganda fue una de Hugo Chávez, allí fue cuando su abuelo habló:

 

“Este es el hombre que necesita este país. Un militar, un hombre con mano dura como Pérez Jiménez. El domingo le voto a Chávez.”

 

“¿Papá que estás diciendo? Ese tipo es un loco,” le dijo el tío Enrique.

 

“El país necesita un cambio. Ya basta de los partidos políticos, de lo de siempre, de los adecos y copeyanos.”

 

“Sí, papá hay que terminar con eso, pero Chávez no es la respuesta. Es un tipo que dio un golpe de estado.”

 

“Carlos Andrés se lo merecía.”

 

“Uno, Carlos Andrés no lo estaba haciendo tan mal, había corrupción, pero nada justifica un golpe.”

 

Su abuela intervino en la conversación.

 

“Dejen la peleadera. Todos los políticos son iguales. No importa quien gane, no va a hacer nada por el país. Mira a Caldera y “el chiripero.”

 

La discusión continuó por varios minutos. Jonathan los miraba y se daba cuenta lo mucho que los extrañaba. Quería decirle a su abuelo que no votara por Chávez que se iba a arrepentir, ese hombre iba a destruir el país y sus vidas. En veinte años los venezolanos iban a estar muertos de hambre, muriendo por falta de medicina y la inseguridad, iba a estar huyendo a otros países y lo peor iban a estar separados. Quería hablarle de los muertos por las protestas, de los presos políticos, de la inflación, y de los secuestros. Le quería decir que por culpa de Chávez, él, su abuelo, moriría solo porque la mayoría de sus hijos y nietos estarían fueran del país, y además todo su patrimonio no existiría por la devaluación, mientras todos los chavistas y enchufados disfrutaban del dinero robado a los venezolanos y del narcotráfico.

 

Pero, Jonathan se dio cuenta que de tener la oportunidad de hablar con su abuelo, le diría cuanto lo quiere y lo extraña y sobre todo pedirle perdón por no estar con él cuando se fue.

 

Popy lo interrumpió: “Tengo más que enseñarte.” Y como en una película viajaron a varias navidades de la infancia de Jonathan, una donde fueron a la Isla de Margarita, otra en La Guaira, un par en la casa de la abuela, otras ya mayor cuando ya estaba en la universidad y rumbeaba por semanas. En todas había mucha familia, amigos, hallacas, pernil, gaitas, torta negra y hasta panettone (y eso que no le gustaba).

 

“Amiguito, viste qué felices eran las navidades en Venezuela. Tú fuiste feliz allí.”

 

“Sí, pero también deberías llevarme a la Navidad en que mataron a mi vecino frente a la casa, y la navidad que tuvimos que recorrer tres hospitales para que atendieran a mi tía porque las salas de emergencia no servían, o las últimas navidades donde encontrar pernil era imposible.”

 

“Wepa, eres más difícil de lo que pensaba. Te llevo a casa.”

 

Así fue. Jonathan estaba en su casa. “Popy, antes de que te vayas. Yo crecí contigo y te agradezco cada sonrisa.” Y así como apareció, Popy se fue. Jonathan estaba bastante deprimido. Ver su pasado y lo feliz que fue más que reconfortarlo, le recordaba lo duros que habían sido los últimos años.

 

Se quedó sentado un buen rato en la sala esperando al segundo fantasma, pero no apareció. Así que decidió irse a la cama. Luego de un buen rato pudo quedarse dormido. Eran como las dos de la mañana cuando una música lo despertó. Era un sonido conocido, y luego de un par de minutos supo que era la música que acompañaba al doctor Valerio en “Por estas calles.” Pensó que era la televisión o Youtube, cuando descubrió a Roberto Lamarca parado en frente a su cama. Más que el actor, era el personaje del doctor Valerio con su traje noventoso de color marrón y su característico bigote.

 

“Buenas, buenas mijitico, soy el fantasma de las navidades presentes.” Y luego con la música que usaba en la telenovela cuando se oían sus pensamientos en voz en off, Jonathan escuchó. “Qué riñones tiene Chucho, mandarme con este tipito cuando podría estar ayudando a una buenota.”

 

“Roberto o Valerio, puedo oír tus pensamientos.”

 

“Ahora me salió brujo el muchachito. Mira, vamos que tenemos que pasear por varios lugares.”

 

Y así Arístides Valerio lo llevó al presente. Primero visitaron a su tío Enrique y a su esposa. Ellos siguen en Venezuela. La casa estaba silenciosa, ellos más delgados de lo que los recordaba.

 

“¿Qué vamos a hacer para el veinticuatro?” preguntaba su tío.

 

“Nada, no quiero hacer nada.”

 

“Coño Ana, no podemos quedarnos aquí y morirnos del asco ¿Por qué no vamos a casa los Martínez?”

 

“No estoy de humor. Además, quiero quedarme en casa para ver si hablamos ese día por Skype con Dianita, Luis y los niños.”

 

“Ok, entonces ¿qué vamos a hacer de comida?”

 

“Nada, todo lo navideño cuesta lo impensable. Y de vaina podemos comer dos veces al día. Comeremos lo que hay por ahí y ya.”

 

“Me rindo, si eso es lo que quieres…”

 

“Y ni se te ocurra decirle nada a los niños. Ellos bastante tienen y no quiero preocuparlos.”

 

Jonathan sintió un frío en su estómago. No tenia ni idea de lo mal que lo estaban pasando sus tíos. De pronto todo cambió y estaban en casa de su prima Diana. Allí estaba ella con su esposo, los niños ya estaban dormidos.

 

“Tranquilo mi amor, te quitaron horas, pero yo tengo overtime en el trabajo, así que con eso compensamos,” decía Diana.

 

“Estoy cansado de esta incertidumbre. Ahora tengo que tratar de encontrar otro y otros trabajos. Tenemos que pagar los gastos, pero están los regalos de los niños, el abogado para lo de los papeles y yo quería mandarle dinero a tus papás y a los míos.”

 

“No te preocupes, todo va a salir bien. Lo importante es que estamos aquí y los niños están bien, con comida y a salvo.”

 

De nuevo, Jonathan se dio cuenta lo alejado que ha estado de su familia. Él no tenía ni idea de lo que pasaba.

 

“El muchachito está descubriendo el mundo,” le dijo el Dr. Valerio. “Hay que ser bien pendejo para no tener idea de que la familia de uno está pasándola mal,” pensó Valerio.

 

“Algo así. Y de nuevo te digo, puedo oír tus pensamientos.”

 

Y así pasaron también por varias casas de desconocidos, todos venezolanos. Unos en Venezuela, sin comida, muy delgados; otros estaban en los hospitales tanto enfermos y sus cuidadores trataban de disimular su desesperanza; también vieron los caminantes que salen de Venezuela con una mochila y esperanza, ellos dormían en las calles.

 

Todas las imágenes eran sobrecogedoras. Parecía una epidemia de tristeza. La última parada fue en casa de uno de sus amigos de la universidad, Alex. La verdad hacía mucho tiempo que no hablaba con su amigo. Allí estaba Alex en su apartamento en un país apartado. Jonathan sabía que su amigo tenía una buena posición económica, pero lo que veía en ese momento era a un Alex triste, depresivo. Alex estaba acostado en su sofá viendo fotos viejas mientras se tomaba un whiskey.

 

“Este es otro pendejo. Tiene billete, un apartamentote, un carrazo, y está aquí todo tristón,” le dijo el doctor Valerio.

 

“Bueno, aunque tú no lo entiendas, el dinero no lo es todo.”

 

“Y tu eres el pendejo mayor,” pensó Valerio.

 

El doctor Valerio lo dejó en su casa. Jonathan estaba impresionado, había empleado tanto tiempo evitando Venezuela que a la vez se había olvidado de su familia y sus amigos. Sin perder tiempo, Jonathan llamó a sus tíos y les mandó algo de dinero. También llamó a su prima Diana, le ofreció ayuda para lo que necesitara.

 

Contactó a Alex por Whatsapp. Le contó lo solo que se sentía y que pese a los logros profesionales no era feliz. Alex le agradeció sus palabras porque él sentía lo mismo y no se atrevía a comentarlo. “Gracias Jonathan, me sentía muy culpable por no ser feliz. Es tan bueno saber que hay más personas sufriendo lo mismo,” le comentó Alex.

 

Al día siguiente, Jonathan buscó todas las fundaciones que estaban bien acreditadas y donó dinero y tiempo para ayudar a los refugiados venezolanos y a los venezolanos que siguen en Venezuela. Los siguientes días se sintió mucho mejor. El ayudar y saber que de alguna manera varias personas tendrían unas mejores navidades le hacía feliz. Sí, Jonathan también entendía que nada de sus acciones arreglaban el problema principal del país que es el chavismo, la corrupción y el narcotráfico (para empezar por algo).

 

A los pocos días aparecieron los fantasmas de las navidades futuras: Cayito Aponte y Pepeto. Esta vez Jonathan no se asustó, en realidad, los esperaba hacía varios días. Le alegró con el corazón ver a dos personajes tan importantes de su vida, de sus lunes de rochela, del humor venezolano.

 

“Venimos a enseñarte las Navidades futuras,” le dijo Pepeto.

 

“Como aprendiste la lección antes de tiempo,” comentó Cayito.

 

“No hace falta enseñarte lo que pasaría.”

 

“Si seguías ignorando a tu país.”

 

“Lo que vas a ver es el verdadero.”

 

“Futuro de Venezuela.”

 

Y pronto viajaron varios años en el futuro. Visitaron varias ciudades, todas tenían las luces y el color de las navidades del pasado. Los comercios estaban todos abiertos y con muchas personas en la calle pese a ser de noche, era como si la delincuencia ya no estaba tan desatada y la gente podía vivir con libertad. Las personas se veían felices, casi parecía una película de navidad gringa, con la diferencia de que el fondo musical eran gaitas.

 

Los mercados estaban llenos de comida, los hospitales funcionaban bastante bien, las escuelas estaban llenas de niños que se hacían un futuro, lo único vacío eran las morgues.

 

Venezuela era un país normal. Con problemas y ventajas, pero sin los horrores que estamos viviendo desde hace más de veinte años. Muchos habían regresado, otros no porque ya sus vidas estaban hechas en otros lugares, pero podían ir a visitar a sus seres queridos sin miedo.

 

Era la Venezuela que soñamos.

 

Este cuento tiene un final feliz, un final que podemos lograr. No podemos sacar a los desgraciados que tenemos por gobierno ahora, pero sí podemos unirnos como el pueblo que somos, no importa donde vivamos. Esta Navidad regálate un poco de paz y alegría ayudando a los tuyos.

 

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