2:00pm: Viaje en mototaxi

 

Susana necesitaba ir con urgencia de El Recreo a Capitolio. Todos los que caraqueños entendieron perfectamente el infierno que esa frase representa, para aquello que felizmente no lo conocen esta tragedia, la explico. La distancia entre estos dos puntos céntricos de la ciudad no es más de siete kilómetros, pero realizar este recorrido puede ser imposible entre las once de la mañana y las siete de la noche.

 

Caracas como toda metrópolis es un caos, en el momento de esta historia, más de tres millones de personas viven en un valle de 50 kilómetros de longitud. La mala planificación vial es el emblema de esta capital que no cuenta con calles o autopistas suficientes para enfrentar el parque automotor, mientras que el transporte público no ayuda mucho, el sistema de autobuses está conformado por pequeños buses, en su mayoría en nefastas condiciones, que no son suficientes para la cantidad de personas que los necesitan; y por un metro o subterráneo que comenzó muy bien, pero que al igual que el resto, se quedó pequeño con el crecimiento de la ciudad.

 

Ante esta selva de autos, buses y tráfico surgió una alternativa de transporte: las motos.  Las motos se convirtieron en una solución para los caraqueños ya que con ellas se podía esquivar las largas colas e incluso realizar una que otra infracción en el tráfico y así llegar antes (o a tiempo). Y con las motos llegaron, los mototaxis quienes democratizaron el uso de este vehículo dos ruedas por la ciudad a buen precio.

 

Susana decidió usar el mototaxi pese a ser bastante inseguro ya que sus conductores siempre buscaban las alternativas más arriesgadas para llegar a los destinos indicados. Era más que normal ver algún mototaxista herido o fallecido en cualquiera de las calles o autopistas de Caracas, el promedio era de cinco accidentes importantes por día.

 

En frente al Centro Comercial El Recreo había una línea de mototaxis. Nuestra protagonista preguntó cuánto le costaba ir hacia el centro de la capital, el precio estuvo dentro de las expectativas, así que se convirtió en la pasajera de la moto de “El Bryan”, un chico de unos veinte años, moreno, con el cabello muy corto que siempre vestía jeanes y una franela con alguna frase ingeniosa. “El Bryan” le ofreció un casco negro que más que proteger la cabeza de Susana, sólo la despeinaba. Ella, siempre valiente, se acomodó detrás del motorizado y puso sus manos en la cintura del mismo, abrazándolo, como se le indicó.

 

El viaje comenzó y con él la aventura de esquivar semáforos, autobuses, camiones y peatones. La verdad es que no iba tan mal, Susana casi disfrutaba de esta estampa de la ciudad que la moto le ofrecía hasta que su conductor hizo una maniobra inesperada. Justo cuando el semáforo estaba en rojo, “El Bryan” se paró justo al lado de una Toyota Corolla rojo, sacó un arma y con la misma apuntó al conductor que con los vidrios abajo hablaba por su celular. La frase: “Dame el Blackberry o te quiebro” fue lo suficientemente convincente para que la víctima entregara su celular sin rechistar. Tan pronto la luz se puso en verde, la moto arrancó a buena velocidad y siguió directo a Capitolio.

 

Susana al llegar a su destino estaba bastante asustada pues esperaba que el mototaxista le robara a ella también. “El Bryan” le pidió el pago del traslado a la pasajera y ante la cara de susto de esta le explicó: “Tranquila mamita, yo a los clientes no los robo. Los clientes son sagrados”. Con esta aclaratoria y su paga se fue, dejando a Susana como cómplice de un atraco sin querer.

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