Historia de un alquiler

 

Juan tiene veinticinco años y es el típico caraqueño de clase media. No, no es el tipo al que su papá le compró una camioneta de marca y que usa para hacer ruido y pavonearse. Juan es una versión un poco menos escuálida.

 

En la casa de Juan siempre hubo comida, estudió en un colegio semi-privado, los sueldos de sus papás no daban para vivir en el este de la ciudad, pero el apartamento de dos habitaciones, donde vivía con sus papás y su hermano, era propio. Durante su infancia, sus padres recorrieron Venezuela en carro y las semana santas se la pasaban en la casa de su tía Rosa en La Guaira.

 

Como es de esperarse, Juan al terminar el bachillerato entró en la universidad pública y estudió contaduría por cinco años. A mitad de carrera, un amigo le habló de una pasantía una buena empresa. El sueldo no estaba mal y le ofrecía mucho que hacer más que hace café, de verdad iba a aprender. Con su nuevo sueldo se compró su primer carro, usado. La nueva rutina incluía trabajar durante el día e ir en la noche a la universidad.

 

Entre la cuota del carro (que al principio era un monto razonable, pero que después de los seis meses los intereses eran variables y se volvía una locura) más el pago del seguro, le quedaba poco para la rumba, pero siempre algo cuadraba.

 

Así que Juan llegó al cuarto de siglo graduado, con un buen trabajo y viviendo en casa de sus papás. Como todo veinteañero se quiso independizar, ya estaba cansado de pagar hoteles de cuatro horas, y además quería su propio espacio para ser todo lo desordenado que quisiera.

 

La primera idea fue comprar un apartamento, con la política habitacional, la cuota mensual no era alta y lo mejor era que los intereses fijos. En Venezuela, uno de los países con mayor inflación del mundo, esa cuota al ser fija se convertiría en un monto ínfimo con el pasar de los años. El problema era la inicial. Juan no tenía el treinta por ciento del costo de un apartamento ni por error. Sus padres tampoco podían ayudarlo con el monto.

 

Juan averiguó en unos apartamentos que estaban construyendo en los alrededores de las vías de las ciudades de satélites. La obra estaba en plano, apenas comenzaban la construcción. Juan tenía que pagar una mensualidad que serviría para inicial y en dos años, ese treinta por ciento estaría pago y en teoría el apartamento listo. Era una obra lisa, con piso de cemento, sin clósets, y los baños con mucho por hacer, pero era un comienzo. El tema era que esa mensualidad era un montón que Juan no podía afrontar con su salario de recién graduado.

 

Así que para Juan alquilar era la siguiente opción. En un país del llamado primer mundo alquilar no requiere mayor cosa que buscar un apartamento, aplicar, entregar los meses depósito e iniciar tu vida. En Venezuela, en especial en Caracas, alquilar era muy diferente.

 

En la capital venezolana había varios obstáculos para vivir rentado, el primero es que casi no había apartamentos en alquiler en el mercado porque las leyes venezolanas favorecían en demasía al arrendatario. Una persona puede empezar a vivir alquilado, luego de unos meses no volver a pagar, o destruir el apartamento y no había poder en el mundo que pudiera sacar a estos pseudo invasores del lugar. Tener menores de edad hacía el que alquilaba tuviera una carta blanca para tener vivienda eternamente porque ningún juez desalojaba una casa con menores.

 

No eran pocas las historias donde el dueño del apartamento prácticamente perdía el inmueble porque no recibía dinero alguno por el alquiler y los arrendatarios no se iban nunca. También hubo una época terrible cuando el entonces presidente, Hugo Chávez, dijo que los alquilados que tenían cierto tiempo viviendo en los apartamentos (más de diez años) eran los dueños porque habían pagado su valor con la renta. Eso fue un desorden que no llegó a nada porque a nadie se quedó con ningún inmueble y porque los arrendadores perdieron mucho dinero entre rentas no pagadas y abogados. Este tipo de inconvenientes hacía que las páginas de clasificados estuvieran vacías.

 

Los pocos apartamentos que sí estaban en los clasificados para ser alquilados tenían precios imposibles. Para explicarlo mejor usemos este ejemplo.

 

-El sueldo mínimo eran BsF. 1.500 (no importa su equivalencia en dólares, hay que mirarlo por su monto per se)

-Juan, pese a estar recién graduado, tenía un buen trabajo y ganaba BsF. 5.000, tres veces el mínimo (que en cualquier país desarrollado es un dineral).

-El alquiler de un apartamento en una zona clase media baja de Caracas (nada del otro mundo, casi feo) era BsF. 7.000 o más (por encima del salario de Juan y de casi toda Venezuela).

-Para alquilar un apartamento de ese precio, había que probar que ese monto era sólo el veinticinco por ciento de los ingresos, es decir, que se ganaba BsF. 28.000, que era veinte veces el sueldo mínimo. En realidad, si alguien ganaba ese monto, no iba a rentar ese apartamento en esa zona.

 

Juan no se rindió tan fácilmente, a diario buscaba en los clasificados de todos los diarios nacionales y regionales por un mínimo indicio de algún inmueble pagable. En medio de una de las lecturas, consiguió una inmobiliaria que alquilaba tres apartamentos en zonas nada malas y los precios eran accesibles. Había un requerimiento un poco extraño, pedían un depósito de BsF. 1.000 para empezar a tramitar. Juan estaba dispuesto a pagar ese monto, pero sabía de sobra estafadores en Venezuela sobran.

 

Un fin de semana, decidió ir personalmente a la famosa inmobiliaria que sospechosamente estaba en las afueras de la ciudad. Cuando Juan llegó al lugar, se encontró con que la oficina no existía y el vigilante le contó que cada mes había al menos cinco personas buscando ese negocio porque habían hecho el depósito. Así era el nivel de desesperación, eran capaces de pagarle dinero a desconocidos.

 

Juan también intentó compartir apartamento, lo que se llama un roommate, como hacen los gringos en la serie de televisión, pero eso no existe en Venezuela la gente sale de su casa a casarse o a vivir con su pareja.

 

Al final Juan se resignó a quedarse en casa de sus papás hasta ganar un poco más y poder ahorrar, cosa que nunca sucedió porque la inflación hizo que su sueldo alcanzará cada vez menos. Eso se sumaba a que sus padres tampoco podían ganar mucho más y que la calidad de vida de todos empeoraba, así que en realidad el sueldo de Juan hacía falta en su casa.

 

La situación solo empeoró hasta que Juan tuvo que irse de su casa, pero no porque se casó o arrejuntó, se tuvo que ir del país.

 

La Venezuela del chavismo está repleta de historias tristes, trágicas e irremediables, pero no todas son solo de muerte y horrores, los venezolanos también sufrimos con las pequeñas cosas, con aquello que en otras latitudes es sólo una tontería.

 

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