• Luis Yrausquin

Una vuelta por la Caracas del Oeste o Carakistan



Para mí hay cuatro Caracas: la del ayer que recuerdo, le canto a veces; la de hoy que la compadezco en melancolía y aborrezco con ira; la del este donde vivo ahora asilado; y la del oeste que la evito a toda costa.


La de hoy, en el oeste caraqueño, la he denominado Carakistan, haciendo alusión al país árabe vecino de Afganistán. La historia de Pakistán posterior a su independencia ha estado caracterizada por períodos de gobierno militar, inestabilidad política y por el conflicto con su vecina India, nación que posee armas nucleares, por el control de Cachemira. Pakistán sigue afrontando grandes problemas como el terrorismo, la pobreza, el tráfico de heroína, el analfabetismo y la corrupción; cuestión que se asemeja mucho a la Caracas de la revolución comunista-chavista controlada por las más despiadadas células terroristas alojadas en el territorio suramericano que son disfrazadas de militares bondadosos y políticos patriotas.


Me levanté a las seis de la mañana con un ánimo explosivo por tener que ir a Carakistan. Debía acompañar a mi compañera a una parada de autobuses en el este de la ciudad e imprimir dos documentos para llevárselos a un cliente que solo podía llegar hasta Sabana Grande en la pasada republica del este, otrora sitio donde se reunían la crema de la bohemia venezolana y que, incluso en aquellos años dorados, venían a visitarla de muchos países del mundo civilizado. Y tenía que llevar otro documento hacia el oeste extremo de la ciudad.


Hace al menos un poco más de una década Caracas se dividió en dos mitades, como la antigua Alemania de la post guerra. En la parte del este era donde vivíamos los opositores al régimen totalitario, y la del oeste eran de los rojos chavistas, porque por donde fallece el sol en esta ciudad salvaje vivían los que eran más adeptos a la causa del paupérrimo caudillo militar fallecido, Hugo Chávez Frías, y que hoy en día está momificado en una especie de parque parecido al mundo Disney, pero socialista, en donde exhiben su cadáver embalsamado, al igual que el cuerpo de Lenin que lo tienen en la plaza roja de Moscú. A la rata muerta esa la tienen en un lugar llamado el cuartel de la montaña, al oeste caraqueño, que queda en la cima de un cerro o barrio (en Brasil le dicen favelas) llena de viviendas miserables, en donde vive gente muy peligrosa que trafica con drogas y posee armamento militar patrocinado por la revolución comunista. Allí arriba construyeron un mausoleo a esa infamia genocida. Yo iba directo a esa zona extremadamente chavista, que se llama Catia.


Después de dormir un rato en el alba, me quedé postrado en la cama dando vueltas con los ojos cerrados, mientras ella se tardaba horas y horas en arreglarse, como de costumbre. Desayunamos unas arepas con queso blanco con una limonada, y salimos en carro desde el sur este de Caracas hasta una farmacia del pueblo, donde se encontraría con un tío que le daría unos lentes de regalo que le había traído de los Estados Unidos de Norteamérica.


Después de veinte minutos llegó. Nos entrego los lentes. Hablamos un rato. Nos despedimos. Y se fue. Nosotros entramos a la farmacia a comprar unas cosas para que se las llevara a su casa, ya que habíamos permanecido más de unos meses juntos en esta montaña, totalmente encerrados, y ya era hora de separarnos un tiempo.


Me di cuenta, mientras iba deambulando por los pasillos de las estanterías de la farmacia viendo productos y precios, que el tapa boca más seguro que tenia puesto se me adhería demasiado a la nariz y a mi boca, me dio la sensación de tener un bozal de esos que llevan los caballos amaestrados. Me costaba respirar y, de vez en cuando, me lo quitaba e inhalaba fuertemente el aire cuando nadie estaba cerca, veía las cámaras, evadía al vigilante, como si ese aire fuera una sustancia ilegal que tenía que consumir en secreto para no desfallecer, o me diera algo, así lo percibía.


Saliendo comenzaba a hacer un sol violento, las calles parecían quemadas por los infernales rayos ultravioletas que hacían evaporar una bruma gris del asfalto vencido por el tiempo, y el cielo amenazaba con que luego lloviera: es un síntoma del clima en esta época de invierno caribeño. Sonaron unos truenos a lo lejos que hicieron que retumbaran algunos ventanales de las antiguas casitas de el Hatillo, y a lo lejos se veían unos nubarrones negros cargados de agua y tormentas eléctricas, pero no llovió al final.


Salimos por fin bajando por el anfiteatro donde en pasados remotos llenaba el estadio de gente con mis recitales de poesía local. Bajamos por la curvatura del centro de arte que da hacia el pueblo, a pie, hasta llegar al terminal de autobuses donde yacen tribus de moto taxis y autobuseros. Debido a que la gasolina iraní- que tuve que comprarla en dólares- no me rendía para llegar a nuestro destino en carro, y menos para yo subir después, tuve que optar por dejarlo en el estacionamiento de Farmatodo y caminar para hacer la diligencia en bus. La gasolinera había estado seca de combustible desde hace dos semanas, y el carro que me prestaron tenía muchísimo menos de un cuarto de tanque. Y mi moto, artefacto que utilizo para escapar de la marginalidad del transporte público, le faltaban unas piezas menores para poder utilizarla (pastillas de frenos, arreglar un caucho espichado y una guaya de aceleración vencida), después de haberle hecho el motor completo justo antes de que empezara la pandemia.


No hay nada que me ponga más neurótico (o emocionalmente inestable) que viajar en transporte público en este país devorado por los chupa sangre socialistas. Es algo que me hace hervir la sangre, mi humor cambia porque tengo que ir más lento y, por ende, observo de cerca la devastación, la ruina, los animales humanos enjaulados que brotan de cada calle azotada por la desidia en ese cementerio de zombies vivientes que alguna vez creyeron en su ideología y en su comandante eterno redentor.


Me había mentalizado para levitar-flotar como en un fervoroso arrebato religioso en una nube rosada en una meditación sobre las picadas de mosquitos, sobre las pisadas de los charcos de aceite de la ciudad, sobre los policías abusadores, sobre los olores fétidos de las esquinas llenas de basura, por sobre las manchas en las unidades de trasporte, y sobre todo: ignorar a esa gente realmente despreciable en el trayecto. Era como si me hubiera tomado una píldora para pacientes psiquiátricos que pudiera evitar en mí un arranque de locura que frenara pegarle gritos a la gente o fustigar a todos los transeúntes que se me atravesaran con mi furia retenida, pero solamente eran pensamientos negativos que me venían en respuesta a una desesperación valida, una suerte de histeria acumulada ante la frustración de no poder cambiar este sistema maldito comunista, de tanta maldad pura. Así podía mantener el engaño a mí mismo de que nada me perturbaría aquel día.


Al principio, durante el recorrido del sur este al este de la ciudad, pude pegarme de la ventanita del autobús de los años 70,s: esos monstruos, o bichos, que duran más que una vida útil humana, en comparación con las porquerías chinas que traen hoy del continente asiático que duran 2 años máximo, pero estas carcachas sí que nunca se quedan varadas, y no sé bien de qué marca son en realidad, pero el hecho es que hasta andan a veces rápido echando ese humo negro característico por sus tubos de escape antiguos.


Lo bueno de la pandemia es que no hay casi gente como antes que se desplace en el transporte público, lo cual agradecí en el momento mientras sacaba, a medias, mi cabeza por la ventana del auto bus para inhalar aire más aire, al mismo tiempo que me ponía alcohol compulsivamente en mis manos para evitar que el virus contaminara mi cuerpo.


Al llegar a Chacaíto, esa gran masa ósea que evidencia lo que fue una parte de la hermosa Caracas del este llena de estructuras metálicas amarillas, estaciones de metro, comercios estancados en el tiempo, obras de arte en desintegración, colocadas alguna vez en montículos grisáceos, hoy agrietados, hacían juego con el desarreglado paisaje: entre mosaicos destartalados y desprendidos del suelo, figuras urbanas abandonadas, bares de mala muerte y paredes dibujadas de grafitis de otras épocas, y así, como un sonar de muerte en un gélido cementerio me despedí de mi acompañante que siguió para el este hacia Chacao en otro autobús.


Inmediatamente me dispuse a buscar un ciber (o sitio de internet) para imprimir dos documentos que tenia guardados en un pendrive, pero los lugares que estaban abiertos en ninguno podían imprimir una pedazo de hoja de oficio sin que se manchara de negro la mitad de la hoja (los dos sitios que fui no funcionaban las maquinas para hojas de tamaño legal). Cuatro dólares me terminó costando sacar dos impresiones con una carpetica pendeja (en teoría esto sería cuatros salarios mínimos aproximadamente). Tuve que caminar hasta Sabana Grande para que por fin pudiera imprimir en el único sitio de internet que estaba abierto porque ahí sí servían las impresoras, no sin antes haber dado vueltas y haber ido como a cinco lugares sin éxito alguno: dos no servían y las otras tres estaban cerradas o quebradas.


Luego esperé la llamada del cliente. En menos de diez minutos entregué los documentos un poco más allá en el edificio de la Previsora. Llegó en su moto. Recibí la plata. Revisó los escritos, me despedí y continué caminando todo el bulevar hasta llegar al principio de la avenida Francisco de Miranda para llevar el otro documento que me faltaba al oeste de la ciudad. Tuve que cruzar la calle porque los otros autobuses que van hacia el oeste se agarraban allí: iba a Carakistan.


Crucé la calle al final del boulevard despiadado, mientras veía a un viejo con un sobre todo raro, comerse un mango entre la luz y la sombra que jugaba al medio día al final del bulevar, entre el sol y la brisa que hacia mover las hojas de los arboles que, por sus raíces, agrietaban el concreto de las ya antiguas calles desoladas. Al tomar ahí el siguiente autobús el aire se fue poniendo más denso, más caluroso como cuando uno empieza a bajar a la playa, y la aglutinación de gente fue mayor cada vez, pero además era como si el sol quisiera asfixiar aun más al que toma esta ruta para el oeste.


Pensé que sería muy distinto seguir directo hacia el Country Club donde hay muchos árboles que hacen de túnel natural para que dé más sombra al espacio citadino, pero mi realidad es que debía continuar la peregrinación hacia el oeste de Carakistan en otro de esos cagajones que llaman autobuses: esos corotos azules, verdes, amarillos o marrones, que son cuadrados, con letreros al frente, con asientos forrados de un marrón claro que siempre están rajados a la mitad, y en los que, generalmente, el chofer pone collares en el retrovisor del medio con fotos de sus hijos o de sus santos, y que andan además con equipos escandalosos de sonido poniendo música de salsa a todo volumen, y se la pasan peleando todo el día con los carros y las motos. Por suerte ese día no habían puesto una música de salsa o merengue a todo volumen, porque, con el calor extremo, más la creciente neurosis mía, hubiese salido corriendo a caminar sin dirección, olvidándome de la pandemia, del tapa boca, del trabajo, y las normas generales impuestas por la organización mundial de la salud.


Observaba, mientras rodaba por la ciudad adentrándome al oeste, aquellos edificios del centro que habían convertido en ministerios rojos; otros estaban sin pinturas, otros con afiches desconchados por el deterioro de los años, todo estaba repleto de propaganda política: caras de diputados, presidentes, concejales, muros con tantas frases que me mareaban al leerlas mientras rodaba por aquella avenida; por allá en el centro vi un edificio gigantesco que le habían puesto una imagen del tirano Nicolás Maduro abrazado a Cilia Flores, su esposa, pero era así parecido a la película del Titanic… una cosa espantosa que colgaba de lo alto de un edificio pintado de rojo.


Fueron varios minutos de torturas de imágenes vomitivas y horridas que se presentaban en otros muros que aparecían en el camino; por ejemplo había un rancho que pude ver por la ventana, una vivienda precaria que tenia arriba del desparejo techo de zinc, un letrero con la cara del che Guevara que decía: “viviremos y venceremos” y, en la parte de abajo, el habitante vendía leña, sustituto para el gas, para cocinar debajo de la improvisada vivienda de latón, y hasta tenía un punto de venta y todo.


Cuando casi estaba llegando a la Hoyada, más o menos, asomado por la ventana observaba los grandes edificios construidos en los 70,s, 80, s y 90,s; y aquellas edificaciones nuevas de la gran misión vivienda socialista construidas más adelante por el chavismo, que hacían un contraste horripilante: era un suplicio y una constante fuente de incertidumbre mental, ya que veía las ropas colgadas de las ventanas, las pantaletas de las mujeres, los calzoncillos de los tipos, las medias y los paños colgando de las ventanas de estas nuevas viviendas socialistas, y al lado habían edificios que hasta hoy parecen modernos y lujosos, y más adelante en unos instantes que parecían eternos. Cuando ya estaba llegando a mi destino, se montó una mujer bajita al trasporte; ella estaba desgreñada, con una gorra, con un bultico tricolor en su espalda de los que asigna el estado comunal, esos famosos que regala la tiranía a sus adeptos y que ahora se ven en casi todos los países del mundo.


La extraña mujer se empezó a mezclar con los pasajeros por el pasillo que pasa por el centro de los asientos del autobús porque estaba ya lleno, y, mientras el sol nos tenía sedados a todos, iba abriéndoles los bolsos a los incautos pasajeros, uno a uno.


En un momento que le tenía puesta mi vista con atención, el que trabaja con el autobusero, ya llegando hacia Gato Negro, al lugar que iba a trasladar uno de los documentos, se percató de lo que estaba haciendo la mísera mujer. Entonces le metió una patada por el culo y estuvo casi a punto de meterle un golpe por la cara, mientras le gritaba lo que estaba haciendo. La mujercita enardecida al principio negó todo, pero se bajó del vehículo pensando en su posible linchamiento, aunque apenas logró bajarse manoteó al autobusero en señal de rebeldía- malandra- una vez que tocó la calle. Justamente yo tenía que bajarme ahí, así que la tuve cerca al pasar la acera, y lo curioso del caso es que había policías en cada esquina, pero los autobuseros no perdieron el tiempo para pararse a denunciarla.


Justo al frente donde me bajé estaba un parque socialista que se llama “Alí Primera”, una especie de imitación del Parque del Este pero pequeño y feo, con lagunas vacías, y ahora estaba siendo utilizado por funcionarios de la guardia como cuartel para agarrar a los que se estuvieran quitando el tapabocas.


Una vez que me encontré al sujeto que buscaba, le entregue los papeles, afortunadamente me estaba esperando. Así que enseguida me fui cerca de una parada improvisada en Gato Negro porque se pararon por 30 minutos unos motorizados viéndome fijamente y haciendo llamadas de un celular, pero al parecer creo que me habían confundido con algún rival o algo así, y me instinto fue acercarme hacia un policía y hacerme el loco y preguntarle: que si el autobús pasaba por aquí. “Sí, sí pasa”, contestó, y me vio de arriba para abajo. Me quedé cerca mientras los de las motos se fueron.


En cuestión de segundos, se aproximó un joven de como de 16 años, parecía totalmente inofensivo, esos que le dicen gallos en el colegio; no tenía pinta de rapero ni de drogadicto, pero lo que pasó fue que medio movió el tapa bocas hacia abajo de la cara para respirar, y el mismo policía que hace un rato me había dicho que por ahí pasaban las camionetas para el este de la ciudad, lo agarró, le hizo una llave, lo sometió contra el piso, y lo empezó a cachar, y yo vi que no tenía nada en sus bolsillos: su crimen era tener cara de bobo, tener un telefonito Android, y ser un negrito adolescente. Yo iba a interceder pero de casualidad, me recordé que tenía una navaja suiza marca Victorinox metida en el maletín donde guardaba mis libros y mis documentos, que me habían regalado unos días antes, y la verdad estaba muy apurado para salir de ese infierno que cada vez ardía más de calor y de inseguridad; aunque luego me sentí medio mal por el pobre sujeto, como abogado sentí que he debido hacer algo, pero esa navaja era comprometedora. Me acordé el aplique que a veces nos hacían los policías metropolitanos por no hacer nada malo, pero no podía arriesgar mi libertad por un carajito bobolongo de Catia que quien sabe si andaba al final cometiendo un delito, lo siento pero lo pensé así. Y si me iba de justiciero quijotesco, y me equivocaba, terminaría en una cárcel, o, peor aún, sin los dólares que me acababa de ganar con mi trabajo.


Pasaron siete autobuses para Chacaito, pero ninguno se quería detener porque iban full. El policía, después de meter preso al muchacho, volvió y se me quedaba viendo con ganas de inventar cualquier excusa para revisarme, aunque ya yo tenía preparado todos mis argumentos, mi carnet del inpreabogado, etc, además que me puse hablar con otro transeúnte al lado de cosas de derecho para que el tipo escuchara; aun así en vez de tomar el de Chacaíto me fui para El Silencio en la tercera camioneta que pasó. Me monté en el autobús, pagué el pasaje, me eché en una siento bien atrás y me liberé del tapa bocas porque necesita respirar varias veces, y otra vez comencé a meditar en eso que había decidido hacer.


Carakista, Vietnam, esto era cualquier cosa menos Caracas. Recuerdo que me dejaron cerca de la Plaza Caracas o por Rio Tuy, pero atravesé la caldera ardida de la avenida Urdaneta y, en un segundo, estaba bajando al terminal. Tuve que introducirme en un Farma-ahorro antes porque me estaba dando una deshidratación crónica y una baja de azúcar, así que opté por comprarme una Coca-cola, capitalista, bien fría.

Salí y me la tomé fondo blanco pegado a una columna. Prendí un cigarrillo (unos chinos que son una imitación de los Marlboros rojos: se llaman Marbell y cuestan $1). Volviendo a la vida vigilaba los cuatro puntos cardinales por si algún criminal me estaba estudiando para robarme, pero recordé de nuevo de mi ejercicio mental de no perturbación, en tal caso, como abogado defensor, todos esos eran clientes potenciales, me decía, para darle ánimo positivo a mi sentimiento de repugnancia.


Caminé un momento por esa antigua grandiosa Plaza Caracas abandonada de la civilización que la construyó hace tiempo, cuando Venezuela se lucia de ser un gran nación latinoamericana. Divagué un rato pensando si escribiría sobre esto; me preguntaba desde mis adentros si existiría un valor real de contar estas pequeñas tragedias del día a día en un país que fue esplendido y que lo convirtieron en pocos años en una colonia de la Cuba marxista-leninista, o si esto tendría algún valor literario, o si le serviría de algo a alguien estas experiencias. No obtuve respuestas de la nada.


Al llegar al terminal no había ni un solo autobús: habían cambiado todo por la pandemia, ya no se tomaban allí para devolverme al este, el terminal estaba vacío. Pero estaba tan cerca de los tribunales penales, lugar donde he ejercido el derecho durante un buen tiempo, que me animé a llegarme al sitio para ver si se estaba moviendo algo, lo que encontré fue un palacio de justicia tras las rejas: la imagen reflejaba tanto lo que sucede en el país, que le tomé una fotografía en el acto, arriesgándome a que me robaran.


La justicia estaba presa. Solamente estábamos un abogado y yo. El colega me explicó que, dependiendo de tu estatus con la revolución, podrían celebrar una que otra audiencia, pero solamente si tenías contactos dentro de los tribunales; me quiso decir, prácticamente, que la justicia durante la cuarentena es privada, no pública; una de estas paradojas del mundo surrealista del socialismo. Ellos, el poder judicial rojo, escogen quienes y cuando tienen acceso a la justicia, y si no tienes dinero no hay audiencias ni mucho menos justicia.


Me fui caminando por ese pasillo hacia el otro lado del mismo, ya con ganas de mandar todo al infierno. Entré a un mercado donde metieron a todos los buhoneros, y me compré unas cosas que necesitaba, y las encontré a buen precio. Salí, y ya me quería ir, y, si era posible, no volver más nunca. A un lado de la esquina cuando sales del palacio de justicia para la Hoyada, vi una gorda cayéndole a cascazos a un tipo de una moto por la cabeza, y una manada de marginales se estaban gritando entre todos; yo seguí derecho como buscando la avenida Bolívar después de caminar cerca de personas que ni tenían tapa bocas, pendiente de mi celular y del dinero que me había ganado. Tuve que cruzar la calle después de preguntarle a un señor trigueño de bigotes que se veía medio decente, pero justo al indicarme por donde era, estaba pasando el bus que iba hacia el Hatillo, por mera casualidad, estaba saliendo uno de por ahí mismo, y estaba casi vacío.


Esta vez pagué el pasaje, y me puse los audífonos del teléfono y me dejé llevar con la música. Me puse alcohol en las manos. Me bajé el tapa bocas (ya no aguantaba la asfixia) recostándome cerca de la ventana viendo todavía las fotos del comandante eterno en cada esquina, ojos del tipo, consignas del partido, hasta que me adormecí sin dormirme, y estático pude llegar de nuevo al pueblo de el Hatillo, mientras practicaba esa elevación ficticia de nuevo.


Me recompensé al llegar con un dulce en la panadería, una buena dosis de chocolate atenuaría estas desgracias de ir a Carakistan por un trabajo y volver exhausto. Me fui derechito hacia el carro que me habían prestado. Lo prendí y me fui para mí casa ya bastante sofocado y perturbado; pero no estaba agotado tanto físicamente, sino mentalmente y espiritualmente. No creo que deba trabajar más así. Cada vez que salgo de esta manera siento que pierdo una parte de mi alma, es como si me quitaran la poca magia poética que llevo por dentro. Es por eso que me siento aquí una especie en extinción.

Nota: La Venezuela del Siglo 21 es una medio que lucha en la libertad de expresión. No compartimos la misma opinión que el autor en muchas de sus palabras, pero creemos en derecho de contar su parte de la historia como él la vivió (y vive).

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