• María Alejandra Ghersi

Las súper locas aventuras de un canadiense en la Venezuela de 2002

Episodio I: Los militares de Plaza Altamira


Christian era un joven aventurero. Durante su infancia, el colegio y la universidad soñaba con recorrer el mundo, con conocer nuevos lugares, con descubrir nuevos paisajes y culturas. Como cualquier persona promedio, Christian se tuvo que conformar con una vida normal. Contaba con la ventaja de vivir en el primer mundo, quitando el frío, su vida era bastante cómoda. Asistió a una escuela pública que ofrecía buena educación, fue becado en una de las mejores universidades el continente, obtuvo un buen empleo como economista, allí le pagaron la maestría, consiguió una novia que lo hizo pensar en casarse y se compró un apartamento.

Todo iba como se suponía hasta que una semana antes de la boda, su novia canceló todo. La mujer se sinceró, salió del closet. Para Christian fue un impacto porque no se lo esperaba, habían estado juntos durante cuatro años y nunca sospechó que ella no se sintiera realmente atraída hacia él.

Lo peor del rompimiento fue la lástima de sus amigos y familia. El despecho que tenía era suficientemente grande como para calarse las caras de pena de los suyos. Así que decidió tomarse un año sabático y cumplir su sueño de viajar por el planeta.

Por temas de presupuesto solo podía viajar por el continente americano. Estados Unidos es un país fascinante, pero no tenía lo que buscaba: cambio de ambiente y cultura. El plan era ser mochilero de México a Argentina. El recorrido lo haría de norte a sur para aprovechar el clima, de esta manera siempre sería verano. Además, le serviría para practicar los años de clases de español.

La aventura no fue como la imaginaba. Pronto descubrió el verdadero significado de las palabras peligro, criminales e inseguridad. También fue consciente de la amabilidad de los latinos, no importa donde se encontrara siempre había quien lo cuidaba, se preocupaba por él y lo consentía. Conoció playas paradisíacas, selvas arrogantes, ciudades históricas y fronteras peligrosas. Nada como ver mundo para quitarse el despecho.

Fue en septiembre cuando llegó a Venezuela. Había mucho tanto que conocer, comenzó con las playas, Mochima, Los Roques, Morrocoy, Margarita, luego los médanos de Coro, un par de posadas en los llanos, La Gran Sabana, el delta del Orinoco. Fueron semanas inolvidables.

A Christian le gustó mucho Venezuela. Algo tenía ese país que lo hizo tomar la decisión de quedarse más de lo planeado. Quería conocer todos sus rincones y pueblos. Se instaló en Caracas, no era la ciudad que más le gustara, pero al ser la capital había más trabajo y estaba en el centro del territorio.

Consiguió trabajo en el CVA (El Centro Venezolano Americano) dando clases de inglés, el sueldo no le daba para alquilar un apartamento, rento una habitación en casa de la señora Xiomara en Chacao. El edificio quedaba en plena esquina de la Avenida Francisco de Miranda y la estación del Metro. El hombre se cansó de ir al Sambil.

Las primeras semanas iba al CVA caminando. Eran como una hora, pero lo hacía muy contento, el clima siempre lo ayudaba, cuando llovía usaba un par de autobuses, pero a la tercera vez que lo asaltaron debajo del elevado de Las Mercedes, justo enfrente de su trabajo decidió comprarse un carro. En esos años la industria automotriz estaba en pleno apogeo, todos podían comprarse un carro nuevo, uno usado era bastante barato y fue la opción que él aprovechó.

Cada fin de semana, o tiempo libre lo usaba para conocer nuevas ciudades y playas. Hizo amigos muy rápido, entre los otros profesores, estudiantes, vecinos, primos de estos y el del quiosco de la esquina, siempre tenía un plan y compañía.

Christian conectaba pronto con el venezolano, la música era diversa, la comida también, siempre querían rumbear y beber. Lo único que Christian no comprendía para nada era la política. Pronto supo que era un tema tabú. Su percepción cuando vivía en Canadá era que todo eran felices en el socialismo del siglo veintiuno, pero no era cierto. La mitad de la población amaba el gobierno, la otra mitad lo odiaba. Xiomara era opositora perdida, al igual que gran parte de los profesores del CVA, pero tenía vecinos y estudiantes que consideraban que Chávez era la persona adecuada.

Eso sí, todos hablaban del 11 y 13 de abril de ese año. Por lo visto eran fechas muy importantes sin importar el tinte político, aunque nadie se ponía de acuerdo con lo que sucedió aquellos días. Unos decían que el gobierno había matado a unos manifestantes, otros que era la oposición, otro grupo indicaba que hubo golpe de estado, otros que era un vacío de poder, había quienes explicaban que los militares estaban contentos con el regreso de Chávez, unos rumores contaban que había mucho descontento que el golpe venía pronto, eso sí, todos coincidían en que había que hacer mercado.

Lo más curioso sucedió el 22 de octubre. Un grupo de catorce militares, todos de alto rango se presentaron en la Plaza Francia de Altamira, se declararon en desobediencia civil. “Mijito, es muy sencillo, luego de los despidos de PDVSA, lo del 11 de abril, y la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia sobre el vacío de poder, los militares están activando el artículo 350 de la Constitución que es bien clarito sobre la desobediencia civil. Tu vas a ver como en una semana sacamos a Chávez”, le explicó la dueña del apartamento.

El pobre Christian no entendía ni papa. Hizo como que lo había comprendido todo para no tener a Xiomara dos horas hablándole de política. Esa noche se la pasaron pegados a la televisión viendo Globovisión. En los siguientes días el número de militares aumentó, llegaron a ser más de cien.

La Plaza Francia de Altamira era un símbolo del este de la capital. Era de los pocos espacios públicos que no habían sido invadidos por los buhoneros, malandros o suciedad. Era una plaza de verdad donde se podía sentar en los banquitos, comerse un raspao, manejar bicicleta, trotar, jugar en la fuente, o solo caminar. Miles de caraqueños la transitaban a diario gracias a la estación de Metro y de los importantes edificios que la rodeaban. Cerca quedaban teatros, cines, restaurantes, panaderías y librerías famosas.

En esos días y los meses que siguieron la plaza fue un caos. Montaron una tarima que estaba funcionando día y noche, tenía micrófonos y altavoces, se instalaron varias tiendas de campañas donde en teoría dormían los sublevados. Durante el resto de mes de octubre y todo noviembre, en el lugar no cabía un alma. Miles de personas se congregaban para apoyar a los disidentes. Cantaban, aplaudían, protestaban, se tomaban un helado, volvían a cantar.

Los vecinos de la plaza no estaban tan contentos con lo que ocurría. Los que vivían en los alrededores no podían dormir con las luces y el ruido, los que trabajaban allí no podía llegar con el carro a sus oficinas.

Christian visitaba la plaza a diario. Le parecía un algarabío alegre, hacía nuevos amigos y la mayoría de las veces terminaba bebiendo en los Chinos unas cervezas.

Xiomara le recomendaba no viajar en esos días “La cosa se va a poner fea en cualquier momento. Si te agarra quien sabe dónde, te vas a pegar un susto”, le prometía mientras no se despegaba de la pantalla de Globovisión.

Christian seguía sin entender. Se preguntaba cómo una centena de militares disidentes y desarmados podían tumbar un gobierno, de lograrlo ¿no sería un golpe de estado? Según le explicaron, Chávez había ganado legítimamente las elecciones. Si todos los militares estaban descontentos ¿por qué no se sublevan? Lo que realmente no comprendía era por qué todos estaban tan contentos con una situación tan irregular. No se atrevía a decir nada de esto en voz alta, tenía miedo de herir sentimientos.

Cuando hablaba con algún amigo chavista, este le explicaba que lo de Altamira era un show, los militares querían a Chávez como querían a Bolívar y que el gobierno llegaría al 2021 y más allá. A este grupo quería preguntarle por qué no metían presos a los disidentes, y por qué el canal de estado, Venezolana de Televisión, no hablaba del asunto y hacía como si no existiera. Christian a veces veía VTV escondido en su cuarto y sin volumen, le aterraba imaginar que haría Xiomara si lo cachaba dándole sintonía al canal de televisión prohibido.

La plaza siguió full los siguientes meses, aunque también se llenó de basura y malos olores, a la mayoría no parecía molestarle esos detalles. Ya para finales de noviembre el alboroto era menor. El lugar seguía a reventar, pero la locura nocturna disminuyó.

El 6 de diciembre ocurrió lo peor. Esa noche, un loco con una pistola disparó por todos lados, hirió a casi una treintena y mató a tres personas: una muchacha de diecisiete años que estaba por terminar el bachillerato, Keyla Guerra, y dos adultos, Josefina Inciarte y Jaime Giraud Rodríguez.

La siguiente semana, la plaza volvió a llenarse, esta vez sin cantos alegres. Muchos llevaban flores, se improvisaron unos altares donde las manchas de sangre de las victimas prevalecían. El ambiente era de tristeza y miedo. Incluso, quienes animaban desde la tarima comenzaron a hacer practicas masivas de cómo actuar en caso de que se repitiera el ataque mortal.

Del loco se supo poco. Nunca se pudo probar si fue iniciativa propia o fue enviado por el gobierno. La oposición en pleno juraba que el tipo fue contratado por el oficialismo. Al menos lo encarcelaron.

La historia de la Plaza Francia de Altamira continuó ese año y los que siguieron. El 2002 estuvo muy acontecido y Christian tuvo que aprender mucho de las incidencias de la política criolla. Lo cierto es que para marzo de 2003, la centena de militares había quedado en el olvido. Todos huyeron del país, primero se metieron en las embajadas de países vecinos quienes les ofrecieron los salvoconductos para dejar su tierra.

La disidencia no sirvió de nada.

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