Leyendas venezolanas de hoy: La Psicóloga y la cárcel

September 8, 2019

 

Mariana celebraba el quinto aniversario de graduada de psicóloga de una prestigiosa universidad cuando recibió la llamada más peligrosa de su vida.

 

Hacía tres años que tenía su consultorio propio gracias a la ayuda de su papá que tuvo que dar lo equivalente a un apartamento en una zona clase media como depósito para obtener el susodicho local en una importante clínica de la ciudad. En ese tiempo había conseguido una clientela estable, podía pagar sus gastos mensuales y empezaba una pequeña fortuna.

 

Esa tarde de septiembre, Mariana estaba haciendo unas anotaciones en su escritorio que estaba pulcramente ordenado. Pese a tener una MacBook y la última versión del IPad, ella prefería anotar a mano lo más importante de cada uno de sus pacientes.

 

El teléfono del consultorio comenzó a sonar. Como ya era tarde, su secretaria ya no podía atender, así que lo hizo ella misma. La persona que llamaba decía ser un importante empresario de la capital, que tenía un hijo que requería de inmediato los servicios de un profesional.

 

-Necesito que vea a mi hijo. La depresión que tiene es muy evidente y temo que se haga daño.

-No hay problema. ¿Cuándo desea pasar por mi consultorio?

-Eso es imposible.

-Entonces, la depresión es más severa de lo que me imagino.

-Lo que ocurre doctora es que mi hijo está preso.

 

Mariana dejó de escribir y se quedó pasmada viendo su diploma de Licenciada en Psicología y el de su Maestría en Psicología Clínica que estaban perfectamente enmarcados y colgados en las paredes de su consultorio.

 

-Señor García ¿Me puede explicar mejor?

-Mi hijo fue un adolescente complicado, y por muchos años usó drogas. Eso lo llevó a tener unas malas juntas que lo involucraron en el robo de un carro. Mi hijo es el único pendejo en este país que atraparon por robar un carro.

-Imagino que parte de la depresión es por estar recluido.

-Sí, y pese a lo que pago para que no le pase nada dentro de la cárcel, él tiene mucho miedo de que lo violen o lo golpeen. De verdad, necesito que lo vea.

 

Mariana tenía muchas dudas. Nunca había estado dentro de una cárcel, y sus casos eran menos complejos, pero el hombre mencionó una suma de dinero increíble, el monto equiparaba a cuatro meses lo que ella ganaba en un mes y se lo ofrecía por una sola cita.

 

-Y ¿Cómo accedo a la cárcel? Imagino que debo conseguir algún permiso, o hablar con ciertas autoridades.

-No se preocupe por eso. Yo arreglé con los guardias y las autoridades. Usted debe ir a la entrada de empleados, preguntar por el Comisario Rodríguez y decirle que va de mi parte. Él tendrá su información. Como usted es una dama, pedí que no le hagan ningún cacheo, ni registro. Ellos sabrán que usted es una profesional de confianza.

 

Mariana terminó accediendo. Era mucho dinero y si el caso era tan grave como le informaban podría hacerse una buena suma atendiéndolo un par de veces al mes. Además, buscó el nombre del empresario, era real. El García tenía mucho dinero y negocios dentro y fuera del país.

 

La idea de ir hasta la cárcel no le gustaba en lo absoluto. Las cárceles venezolanas siempre fueron peligrosas. Las historias de corrupción, drogas, armas, presos entrando y saliendo como si vivieran en libertad, torturas y muchos muertos.

 

Y eso que en esta historia todavía Chávez vivía y los pranes no estaban de moda. Todavía no se conocía el poder que ellos tenían, siendo incluso mayor que el de gobierno, o de los verdaderos números de las armas, dinero y drogas que ellos movilizan, ni que podían escaparse a plena luz del día como “Pedro por su casa”, ni que ellos preferían estar dentro de la cárcel que fuera porque su poder era infinito, ni estaban las discotecas y conciertos dentro del centro penitenciario, ni mucho menos había aparecido Rosita en nuestras vidas, con sus novios y sus muertos.

 

Llegó el día indicado. Mariana estacionó su carro del año enfrente a aquel monstruo de cemento gris, que era imponente y depresivo a la vez. No era necesario entrar para saber que lo único que podía vivirse dentro de ese lugar era dolor y sangre. El sucio y el descuido eran evidentes, desde que habían construido el centro en la época de la cuarta república nadie había hecho nada por mantener la construcción.

 

Mariana pasó delante de la línea de visitantes. Una larga fila de rostros llenos de dolor y desesperanza. La psicóloga desentonaba, pese a vestirse de forma sencilla ese día, su cabello brillante, su cutis cuidado, sus ojos llenos de vitalidad y su bolso de un precio inaudito.

 

Entró por la puerta asignada. Un guardia se le acercó enseguida. Mariana era una novedad. Ella pidió por el Comandante Rodríguez, le pidieron que lo esperara. Todos la miraban, era como una atracción de circo para ellos. Eran miradas entre deseo y sorpresa.

 

El Comandante la recibió con su uniforme sucio, su sobrepeso y su cabello grasiento. Apenas le dio los “Buenos días doctora”, se le quedó mirando de arriba abajo, deteniéndose unos minutos en su escote. A Mariana no le gustó esa mirada, era normal que un funcionario de seguridad viera a una mujer con cierta lujuria, pero en esos ojos había mucha maldad.

 

Mariana tuvo un mal presentimiento, lo que se llama un pálpito. Así que se inventó una llamada en el celular (mucho merito tenía sacar el Blackberry en ese lugar porque a más de uno lo habían matado para robarle un celular parecido en esa zona). Le dijo al Comandante que volvería, pero hizo lo contrario, casi corrió al carro y se fue para no volver.

 

El empresario la llamó varias veces. En la primera ocasión, ella se disculpó aludiendo a problemas familiares, las otras ocasiones simplemente no atendió.

 

Pasaron unos meses, fue en una reunión del Colegio Nacional de Psicólogos, cuando Mariana se supo de la que se salvó. Una de sus colegas le comentó:

 

-¿Supiste lo que le pasó a Mariandreína Agustín?

-No ¿pasó algo grave?

-Pues resulta que recibió la llamada de un empresario importante que tenía supuesto hijo en la cárcel…

 

Mariana palideció, esa historia ya la conocía.

 

-… Y cuando Mariandreína llegó hasta el supuesto paciente, no era más que un malandro, bueno, de varios malandros. Fue horrible, le hicieron de todo. Luego del ultraje, tuvieron que hospitalizarla varios días.

 

Mariana quería vomitar, casi no podía ni respirar.

 

-… Pero Mariandreína es una valiente, los denunció. Con la ayuda de su familia, la denuncia siguió su curso y descubrieron cuatro casos más. Resulta que el famoso empresario, era una mentira. Usaban su nombre, las llamadas las hacían desde la misma cárcel, todos en el lugar eran cómplices, y claro, ellos también las violaban.

 

No se puede negar que en la Venezuela del siglo XXI, los criminales eran bastante originales.

 

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