Leyendas venezolanas de hoy: Sueños secuestrados

 

Adriana vende perfumes en un pequeño quiosco de cualquier centro comercial mayamero. La llamamos Adriana, pero puede ser Laura, Julia, Carolina, Maria Algo, Valentina o Sandra, el punto es que es venezolana. Ella actúa como si siempre hubiera vendido perfumes. A un grupo de ecuatorianos los convence de llevarse varios perfumes de calidad dudosa pero que le dan más comisión, por el contrario, con los brasileños sólo muestra los más caros. Ella logra persuadir a cualquiera que pregunte un precio en ese lugar.

 

Vender perfumes no era el sueño de esta venezolana de 29 años. Ella es licenciada en administración de empresas y solía ser la gerente de operaciones de una importante cadena de ropa. Adriana extraña aquellos días en que se vestía casual, usaba elegantes tacones y mucho maquillaje para trabajar. Ahora prefiere la ropa cómoda y zapatos bajos, en especial porque tiene que caminar rápidamente hasta el baño público más cercano.

 

“Era el trabajo de mis sueños. Mis compañeros de trabajo eran también mis amigos, mi jefe era nice conmigo y el resto de la gente me trataba con respeto. Tengo mucha suerte de tener este trabajo en el mall pero cada vez que tengo que comer enfrente de todos, o tengo que cargar cajas más pesada que yo o pagar por algún perfume roto, sólo quiero llorar”. Ella vivía en una casa de dos pisos, cuatro habitaciones y cinco baños en Caracas, ahora alquila una habitación donde debe compartir el baño con un extraño, usar la cocina sólo en las noches y la lavadora los martes.

 

Adriana habla de su vida de ensueño en Venezuela, quizás suena demasiado perfecta para ser cierta: una casa grande, padres cariñosos, un novio guapo, amigos rondando y un trabajo perfecto. La pregunta es: ¿Por qué ella dejó ese paraíso para vender perfumes baratos en un mall de Miami?

“Mi vida cambió para siempre un jueves hace cinco años. Eran las siete de la mañana y estaba manejando para mi trabajo. Me paré en un semáforo cuando dos tipos tocaron mi ventana mientras me enseñaban una pistola. No tuve mas remedio que dejarlos entrar en mi carro. Me cubrieron la cabeza con una bolsa de tela negra y me sentaron en el asiento trasero. No sé a donde fuimos, pero luego hubo dos inocentes victimas más sentadas a mi lado.”

 

Adriana fue una de las tantas víctimas del secuestro express un crimen muy común en Caracas donde miles de personas son secuestras a diario. Los criminales se los llevan por unas horas, en ese tiempo dan vueltas por la ciudad usando las tarjetas de crédito y débito de las víctimas, además de pedir rescate (un monto de dinero importante pero fácil de obtener en poco tiempo) a las familias. Hace diez años, ellos pedían el rescate en bolívares, hoy lo hacen en dólares. La mayoría de las víctimas llegan a salvo a casa, pero hay un grupo que no cuenta con la misma suerte.

 

“Nunca pude ver a los otros dos secuestrados, pero por las voces supe que eran un hombre y una mujer. Cada cierto tiempo los malandros paraban el carro y nos golpeaban, eran más violentos con el muchacho. También tocaban mis senos y otras partes personales”, Adriana no puede decir esta historia sin lágrimas en los ojos.

 

“En una de esas los tipos pararon el carro y se fuero. Ninguno de nosotros tres, los secuestrados, dijo una palabra. Estábamos muy asustados para hablar. No sé cuanto tiempo pasó, pero volvieron al carro y creo que lo hicieron drogados porque su actitud con nosotros cambió. Empezaron a decir que sólo dos de nosotros iban a dejar el carro y volvería a ver a sus familias. Pensé que iba a morir. Ellos siguieron manejando y pegándonos hasta que se pararon y abrieron la puerta de atrás donde yo estaba recostada. Seguía con la cara tapada pero pude oler el metal y la pólvora de la pistola en mi cara cuando el malandro dijo: ‘Ustedes no se van lisos de esta nave. Los voy a dejar traumatizados’, y disparó”.

 

Adriana pierda la voz cuando llega a este momento de la historia. Lo cierto es que no la cuenta muy seguido, no tiene la fuerza suficiente para repetirla, soñar con ese momento casi a diario por un quinquenio es suficiente castigo del subconsciente. “Mataron a la otra muchacha, ella estaba sentada justo al lado mío. Yo sentí su sangre en mi cara, brazo y ropa, incluso cayó en mis labios y tuve que saborearla. Empecé a gritar como loca pero el desgraciado me dijo que debía calarme o sería la siguiente. Volvieron a prender el carro y me llevaron hasta la plaza Tiuna donde me dejaron botada. Nunca supe que pasó con el otro muchacho”.

 

Para aclarar, la plaza Tiuna está ubicada en una zona clase media de Caracas pero es un lugar bastante inseguro, es importante recordar que Caracas es la segunda ciudad más peligrosa del mundo. Así que Adriana estaba cubierta en sangre, sin teléfono ni dinero en el medio de la oscuridad de una plaza llena de recogelatas. Pero como dicen por ahí: “Dios no abandona”, un hombre que buscaba una farmacia de turno la vio y la ayudó hasta que su familia fue a buscarla.

 

“Estuve secuestrada por veinte horas, en las cuales no comí, dormí ni vi a nadie. Recuerdo el momento que me obligaron a llamar a mi papá. Tuve que decirle que estaba secuestrada. Él había tenido un infarto un año antes, pensé que se iba a morir con la noticia”. Pero su papá, Miguel, no se murió. Tuvo la fuerza suficiente para conseguir los diez mil dólares que le pedían. Él cuenta que era una suma de dinero que no tenía en casa, así que tuvo que pedirle dinero a toda la familia para tener el dinero en el tiempo previsto.

 

Adriana no pudo salir de su casa los siguientes dos meses. “Ni siquiera iba al jardín, no dormía ni comía. Estaba paranoica, sentía que los malandros iban a venir a buscarme en cualquier momento”. Esta experiencia cambió la vida de Adriana y su familia para siempre. Ellos tuvieron que ir a la policía a reportar el robo del auto, el secuestro y la muerte de la desconocida. “Teníamos que denunciar que robaron el carro porque una persona fue asesinada en él. De todas maneras, no sirvió de nada. Nunca supimos de mi carro ni de ninguno de los que estuvieron en él”.

 

“Luego del secuestro no sé que molestaba más, si el hecho de estar secuestrada por veinte horas donde mi familia estuvo aterrada y perdió dinero, o el hecho de que mataron a una mujer a mi lado, o la gente diciendo que había tenido suerte de que no me pasara algo más grave. Cuando vives en un país donde su gente cree que tienes suerte de estar viva o de que solamente fuiste secuestrada, debes irte de allí”.

 

Tres meses después de esta tragedia, Adriana llamó a un abogado de emigración que trabaja en el sur de la Florida para saber sus posibilidades de obtener asilo político. El letrado le explicó que ese proceso toma unos dos años pero que ella podía tener permiso de trabajo en ese tiempo. “Entré a Estados Unidos como turista. Estaba aterrada porque tenía las maletas demasiado full para unas vacaciones. Gracias a Dios que no me prestaron atención. En ese tiempo no había tantos venezolanos pidiendo asilo como ahora”.

 

“Metí mi caso de asilo político hace cuatro años. Pagué como cinco mil dólares entre papeleo y abogados. Lo púnico bueno del asilo es que puedo trabajar legalmente. Lo malo es que aún no he tenido mi primera audiencia, y ni si quiera tengo esperanzas porque hay amigos míos que llevan esperando más tiempo. Vivo en una angustia perpetua, en cualquier momento me pueden llamar y negarme el asilo. Hoy puedo estar en el quiosco vendiendo, pero en mañana podría tener que dejar este país. No quiero volver a Venezuela”.

 

Además del trabajo en el centro comercial, Adriana también hace unas horas de Uber Meals. “Aunque trabajo más de cuarenta horas a la semana me pagan mínimo y no me alcanza para pagar todo, así que me rebusco con el Uber. Con el asilo me quedé sin ahorros. No me quejo de Estados Unidos, vivo segura pero extraño la vida que tenía antes del secuestro. Sigo teniendo pesadillas con el secuestro y ahora también sueño con un juez negándome el caso de asilo”.

 

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