Emigrar y la Muerte


Emigrar es una experiencia única, solo aquel que ha pasado por esa vivencia puede tener una idea cercana del calvario personal que significa dejar tu tierra. No soy una emigrante feliz, creo que ni siquiera agradecida. Cada día despierto con la rabia profunda de haberme visto obligada a dejar Venezuela.


Mi enojo no viene de la añoranza de mi país, ciertamente, estaba un poco cansada de ella, de sus defectos, de sus problemas, de sus agobios, de su violencia. Mi rabia proviene de la soledad. De vivir a miles de kilómetros de distancia de mis amigos, de que nuestros encuentros sean virtuales, de que las vacaciones se planeen basados en añoranzas y no en la geografía. Mi carrera, mi idioma, mi vida social se vieron afectadas por el hecho de cambiar de punto cardinal.


Y no ha sido lo peor.


La peor pesadilla de un emigrante es ver morir a los suyos desde la distancia. Perder a un ser querido es terrible, pero no estar a su lado es un infierno. Es curioso, porque quizás, aunque vivieras en el mismo país, en la misma ciudad que ellos, podrías no estar a su lado en tan terrible momento. Muchas veces las circunstancias son azarosas y el deceso ocurre en el peor momento.


Pero el día que tomas ese vuelo, ese autobús o incluso emprendes esa caminata, estás bastante consciente de que la muerte llegará cuando te encuentres lejos. Lamentablemente, tengo muchos amigos que perdieron a su madre o a su padre en la distancia. Unos conocían la enfermedad y su vuelo no llegó a tiempo, otros simplemente fueron asaltados por la sorpresa.


En mi caso particular, mis abuelos maternos (con los que viví toda mi vida) murieron a las pocas semanas de salir de Venezuela. Si tuviera una máquina del tiempo, retrasaría mi fecha de partida y estaría allí para ellos. Ambos rondaban los noventa años, podían vivir un mes o cinco años más. Cuando estás desesperado por huir de tu realidad, no te puedes dar el lujo de esperar. El día que tomé mi avión, sabía perfectamente que no los vería vivos de nuevo, lo que no imaginaba era que sería tan pronto.


No estuve presente cuando se fueron, ni en su velorio, ni en su funeral. Me perdí el proceso completo. Sus muertes fueron solo un mensaje de texto avisando su partida.


¿Siento remordimiento? Por supuesto ¿Cambiaría el pasado si pudiera? Sin dudarlo ¿Estoy arrepentida? No.


Es una vivencia surreal porque nunca ves morir a esa persona. El velorio y el entierro son parte importantes del proceso del duelo. Aunque parezcan incómodas y sinsentido son necesarias a la hora de decirle adiós en persona a los que amamos.


Nuestro cerebro no acepta el hecho de la muerte de aquello que amamos porque no lo vivió. En mi caso, sueño mucho con mis abuelos. En la mayoría de sus apariciones vivimos en el extranjero, ellos emigran conmigo, viven en mi casa, solo luego de varios minutos transitados en la experiencia onírica llego a la conclusión de que es una ilusión y despierto.


La imposibilidad de despedirse adecuadamente se transforma en un remordimiento tan profundo que solo podemos canalizarlo a través de nuestros sueños.


No soy la única. Muchos de mis amigos pasan por el mismo proceso. Nuestros muertos se convierten en nuestros sueños. Los tenemos cerca, pero es solo una ilusión.


Admito que en mi círculo cercano hemos vivido muchos tipos de muerte en la distancia. No usaré los nombres reales, pero les contaré varios casos.


Irma, decidió irse a España con la valentía de quien no posee pasaporte europeo. Fue una movida arriesgada, pero estaba obstinada de la vida que le ofrecía Venezuela. Su madre, por otro lado, tomó la noticia de la peor manera. Se echó a morir. Literalmente, se echó a morir. En menos de dos años estaba postrada en una cama despidiéndose de los suyos. Irma, contó con la suerte de poder viajar a despedirse, en realidad, solo con el presupuesto porque los papeles eran otro tema. Tuvo que salir y entrar por Francia en avión, y el resto del recorrido hacerlo en auto porque vivió más del tiempo permitido en la Madre Patria.


Ahora Irma pasará el resto de su vida con remordimiento. Preguntándose si debió quedarse, si debió esperar dos años y que su madre viviera feliz sus últimos meses. Me imagino que si algún sicólogo está leyendo este artículo, asegurará que ese tipo de pensamientos no llevan a nada y que uno tiene que ser dueño de su destino, pero a veces, ser dueño de tu destino implica mucho más que caerse y levantarse.


A mi amigo Carlos la muerte de su madre le llegó una semana después de su última visita. Evidentemente, él viajó a Venezuela porque su progenitora padecía sus últimos días. Sin embargo, la muerte no arribó en los días que pidió libres en el trabajo. Tuvo que subir a un avión con la certeza de que en unas horas recibiría la tan terrible llamada. Quizás si hubiera pedido la semana siguiente libre… quizás...


Los quizás también se aplican a quienes viajaron demasiado tarde. Mis amigos Mía, Armando, Ricardo y Carolina, lamentan no haber volado el día anterior. Mía aterrizó en Maiquetía para enterarse que su padre había partido. Su familia no quiso incomodar su viaje. En el funeral, Mía sufrió un desmayo que la trasladó a una experiencia mística donde vio a su progenitor y discutió con él por última vez.


Armando, Ricardo, Carolina y un tío mío viajaron solo para el funeral. Esperaron a la horrible llamada para comprar pasaje y embarcarse a un vuelo lleno de reproches mentales. Ricardo la pasó peor, le tocó la pesadilla en plena pandemia. Salir de su nuevo país parecía una prueba de “Amazing Race” con todos los permisos, pruebas médicas, visas y súplicas. Casi no lo logra porque no al no existir vuelos directos a Venezuela desde su nueva nación, la escala le exigía una nueva RCP. Al final, la travesía salió bien, eso no significa que no fuera dolorosa e innecesaria.


Al papá de Carolina le pasó igual que el papá de Armando, su terquedad lo llevó a morir solo. En una nación donde millones de personas no tienen para comer, mucho menos para emigrar y llevarse a sus padres con ellos, el papá de Carolina contaba con la suerte de cuatro hijos y su esposa viviendo en Estados Unidos. La familia entera le suplicaba que los acompañara, él estaba negado a dejar su casa, sus calles, su rutina. Un día se sintió lo suficientemente mal como para ir a una emergencia. Murió solo a los dos días. Carolina y dos de sus hermanos pudieron acompañarlo en el velorio y el entierro, su hijo menor no podía salir de la nación norteamericana porque había solicitado Asilo Político. Es curioso, pero él es el único que sueña con él más noches de las que le gustaría admitir.


Como no quiero hacer este texto más depresivo no hablaré de la otra cara de la moneda. Del padre, madre, abuelo o abuela que se despide sabiendo que su descendencia nos los verá de nuevo con vida. O en el más aterrador de los casos, que sus hijos o nietos sean visitados por la muerte en otra nación, en otro continente.

La mala noticia es que no solo nuestros muertos duelen en el extrangero. Con el paso de los años no merma la necesidad de seguir las noticias venezolanas. Una dependencia exigente. No es fácil concentrarse en el trabajo, cuando transmiten en vivo como miles de venezolanos son atacados en protestas, por mencionar un ejemplo.


En lo personal lo que más me afectan son los asesinatos y muertes que pudieron prevenirse. El año 2017 fue particularmente duro, en cuatro meses asesinaron a ciento sesenta venezolanos. Algunos en vivo y directo. Ciento sesenta almas que no conocí en persona, con las que probablemente nunca hubiera coincidido de seguir viviendo allí, pero personas en las que pienso más a menudo de lo que quiero admitir. Es un sentimiento terrible, es frustración, cansancio, tristeza, dolor, injusticia, remordimiento y hasta admiración porque ellos luchaban por lo que debí haber luchado.


Por ejemplo, a Neomar, un muchacho de diecisiete años, lo vi morir en un video viral. La Guardia Nacional decidió, con toda la intención del mundo, lanzar bombas lacrimógenas a los pechos y cabezas de los jóvenes. Tiraron a matar a un grupo de niños con palos y escudos de cartón. Diego, de casi treinta años, recibió un disparo en el pecho, proveniente de la policía, mientras manifestaba por los alrededores de su casa. En la foto donde se puede apreciar su último suspiro, él sonríe. Cuanta valentía.


Me duelen los padres de esas víctimas, teniendo que vivir la mayor tragedia que jamás se pueda experimentar. Es tan injusto que no hay palabras que puedan describir el dolor (es una frase cliché, pero no por ello es menos cierta).


Hay un caso que me partió el corazón, este en particular está relacionado a otro tipo de violencia, a la económica. Me topé hace un par de años con el video de una madre que llevaba en brazos a su hija veinteañera a la morgue. Con la mirada perdida cargaba lo que parecía una muñeca, pero que en realidad era el fruto de su vientre que simplemente falleció de hambre ¿Cómo se recupera uno de algo así? ¿Cómo un extrangero podría ponerse en nuestros zapatos ante una situación impensable en pleno siglo XXI?


La muerte es parte de la vida, en realidad, es lo único que conocemos con certeza sobre nuestro futuro. No importa cuan asumida la tengamos, la muerte para los venezolanos se vive en otras dimensiones, no importa en qué parte del planeta habitemos.


A diario me pregunto por qué tanta saña en nuestra contra.


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