Lo que no te dicen los cuentos de hadas



Uno crece escuchando cuentos de hadas. Nos educan con momentos cuestionables como el príncipe que solo reconoce a Cenicienta por el tamaño de su pie, o Eric a Ariel por su voz; con una Bella que es secuestrada, vive el Síndrome de Estocolmo sin ayuda, una muchacha que besa un sapo como si fuera algo bueno; incluso nos normalizan que unos tipos caminan por el bosque y besan a mujeres desmayadas como Blancanieves y “la Bella Durmiente”.


Nos crían con historias de amor imposibles, incorrectas y equivocadas. Es momento de instruir con cuentos que expliquen que Cenicienta era menor de edad y que el Príncipe usando su poder (dinero, fuerza, astucia), abusa sexualmente de ella (¡coño! creo que esa es la historia del Príncipe Andrés de Inglaterra). Necesitamos más cuentos que les enseñen a las nuevas generaciones sobre problemas realmente graves como el abuso y la violencia. En vez de guiarnos hacia amores irreales, deberían guiarnos hacia cuidarnos del verdadero malvado (el abuso sexual) aunque este sea el mismo príncipe.


Deberían enseñarnos que los príncipes no pueden besar a mujeres inconscientes, que el príncipe debería reconocer a la heroína, aunque esta estuviera desmaquillada. Que los sapos no se convierten en príncipes y que quien secuestra a ti o tu padre, no puede ser el amor de tu vida.


Los nuevos cuentos de hadas deberían ser como:


En la fiesta Cenicienta era la más hermosa del lugar, el príncipe se le acercó con solo verla. La tomó de la mano y le preguntó: “¿Cuántos años tienes?” Al descubrir que era menor de edad, la dejó para bailar con una muchacha de edad más apropiada.

O algo así:


El príncipe bailaba con Cenicienta. Estaba muy emocionada, entre todas las asistentes, la escogió a ella. Danzaban cada vez más pegados, poco a poco las manos del galán tocaban partes del cuerpo de la joven que traspasaban la decencia. Cenicienta no sabía qué hacer. Lo correcto era alertar al príncipe de que sus tocamientos eran incorrectos, pero tenía miedo ¿Y si se molestaba? ¿Si la sacaba de la fiesta? ¿Si le dejaba de prestarle atención? ¿Si tomaba represalias con su familia? Cenicienta no abrió la boca, permitió que el galán la dirigiera a un espacio privado y los tocamientos tomaron dimensiones mayores. Cenicienta decidió separar su mente de su cuerpo, era la vía más fácil de no sentir.
Cenicienta regresó a su casa y ya nada importaba. Paso años triste, deprimida, con la autoestima baja. Con los años comprendió que no era su culpa, el príncipe no debió abusar de su poder. Qué el miedo es válido. Con las décadas tuvo el valor de pedir ayuda sicológica. Solo cuando leyó las historias de otras mujeres gracias a los movimientos #MeToo o #YoSiTeCreo, se atrevió a contar su historia. El denunciar la curó un poco, pero también le generó remordimiento. Supo de muchas víctimas posteriores a ella, se culpó por no denunciar antes para evitarle a otras su mismo trauma.
Solo hubo una constante en la vida de Cenicienta: el abuso sexual del príncipe. Era lo único que hubiera cambiado de su pasado sin importar el precio.

También podría continuar de otra manera:


Cenicienta regresó a su casa y ya nada importaba. La pesadilla no terminó, el príncipe insistió. Tuvo que verlo en muchas más ocasiones, pese a sus negativas, su familia no veía un partido mejor: era poderoso, millonario y guapo ¿Qué más se podía pedir?
Cenicienta fue obligada a casarse una vez quedó embarazada porque el galán estaba negado a usar preservativos. La boda fue hermosa, el matrimonio horrible. El príncipe abusaba sexualmente de su esposa siempre que quería, hasta le pegaba, también la engañó con medio reino. Cenicienta nunca fue feliz, se consolaba con que el príncipe no era tan bestia como para matarla a golpes.

El abuso sexual ocurre más de lo que queremos creer. Es necesario enseñarles a nuestros hijos sobre este peligro.


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El movimiento #MeToo llegó a Venezuela. Es una noticia que me alegra, es necesario. Si bien soy afortunada de no ser una víctima de abuso, no he estado excluida de comentarios, acoso, miradas y tratos inapropiados.


En lo particular, soy una oyente del podcast “Que se Vayan Todos”. Durante tres años he escuchado atentamente la opinión de un señor que terminó siendo un abusador. A mí me afecta, ese hombre entró en mi casa, carro, y opiniones a través de su voz, de sus pensamientos, de sus chistes. Me ha hecho replantearme mi consumo radial y audiovisual. Me he sentido culpable por de alguna manera apoyarlo, apoyarlos. También me sobresalta su final porque me hace cuestionarme mis interacciones en las redes sociales como causantes del desenlace.


Son tiempos difíciles. Los primeros nombres que salieron a la luz ya han causado estragos. Vienen una ola de nuevas revelaciones. Debemos estar preparados.


Mi consuelo es que estamos criando a generaciones más informadas por una epidemia como es el abuso sexual.

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